El parable Donald Trump

Los estallidos de resistencia durante el primer año de la era Trump muestran que no tenemos que esperar para hacer algo acerca de la amenaza en la Casa Blanca.

Donald Trump (Shealah Craighead | Wikimedia Commons)

DONALD TRUMP, habiendo perdido la elección por casi 3 millones de votos y sido puesto en la silla presidencial por el antidemocrático sistema electoral de los Estados Unidos, no perdió tiempo en implementar sus aterradoras prioridades.

Su campaña fue una mezcla de nacionalismo reaccionario, racismo y misoginia, con una irresponsable indiferencia hacia las convenciones políticas o la decencia común, que alentó a sus simpatizantes a cometer violencia contra opositores de izquierda.

Desplegando su característica grotesca arrogancia y tratando proyectar una imagen arrolladora que aislaría al país y lo haría odiar una vez más, las semanas posteriores a la elección de Trump estuvieron dominadas por la protesta, pero también por el miedo e inquietud por el futuro.

Las acciones que Trump ha tomado durante el primer año a cargo demuestran que el temor era justificado: los comentaristas políticos que predijeron que, una vez en la Casa Blanca, se comportaría como un presidente convencional estaban claramente equivocados.

El daño que Trump y su pandilla han hecho, incluso sin un logro legislativo significativo, por medio de la acción e inacción del poder ejecutivo, es devastador: de la revocación de regulaciones corporativas y protecciones legales para los oprimidos, a la represión intensificada contra las comunidades más vulnerables.

Y la Casa Blanca y el Congreso republicano siguen presionando por la pieza central de la agenda de Trump, un masivo recorte tributario para las empresas y los ricos, antes de fin de año.

Sin embargo, debemos mirar por sobre sus fanfarronadas y evaluar lo que administración Trump ha hecho, lo que no ha podido hacer, y por qué.

Sólo fijar nuestra atención en la guerra relámpago derechista puede paralizarnos como siervo frente a los faros de un carro, que es exactamente lo que Trump y los suyos quieren. La izquierda necesita estar igualmente alerta acerca de los momentos en que la Casa Blanca falló para ayudar a preparar la resistencia para más y mayores victorias en los años venideros.

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DÍA UNO es un buen punto para comenzar a evaluar los vaivenes de la era Trump.

La escasamente concurrida inauguración fue seguida por el mayor día de protestas en la historia del país, bajo las pancartas de la Marcha de la Mujer, agrietando la armadura del todopoderoso Trump.

Luego vino un momento extraño, con el entonces Secretario de Prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, proclamando que Trump tuvo "la mayor audiencia presenciando una inauguración presidencial. ¡Punto!", al responder a la evidencia fotográfica de que la inauguración de Trump fue vergonzosamente pequeña en comparación con la de Obama

La primera semana trajo una ráfaga de ataques en forma de órdenes ejecutivas: la reactivación del oleoducto Keystone XL, forzando la construcción del Oleoducto de Acceso Dakota, en contra de la resistencia indígena en Standing Rock; la extensión del muro en la frontera sur con México, cortando financiamiento federal a las ciudades santuario; y la institución una prohibición de entrar a los Estados Unidos desde siete países de mayoría musulmana.

Sin embargo, la semana finalizó con la espectacular y espontánea toma de aeropuertos en todo el país por miles de activistas solidarios que se movilizaron en favor de las víctimas musulmanas de la prohibición de entrar al país. Bajo la presión de esta movilización, jueces federales suspendieron la prohibición, aunque luego la Corte Suprema dio la razón a los islamófobos en la Casa Blanca.

Estos primeros días establecieron el tono de la presidencia Trump: él decreta escandalosos ataques; su administración los ejecuta ineptamente, planteando preguntas sobre su legalidad; masas de personas expresan su descontento, a veces a través de abiertas protestas; luego repetir como si nada hubiera sucedido.

Este ciclo de latigazos políticos ha sido aterrador y desorientador. Pero también es importante reconocer dónde Trump y su administración se han quedado cortos, a veces muy cortos, de lo que esperaban lograr.

Cuando el Secretario de Salud y Servicios Humanos, Tom Price, renunció en septiembre después de usar las arcas públicas para pagar jets privados, se convirtió en la decimocuarta persona que personero de la Casa Blanca en irse o ser despedido este año.

Esa lista incluye payasos como Sean Spicer, Anthony Scaramucci y el campeón de alt-right, Steve Bannon. La administración ha estado lejos de ser la "máquina bien engrasada" que Trump alardea.

Si bien Trump ha cumplido algunas promesas electorales, como sacar a Estados Unidos del acuerdo económico de la Asociación Transpacífico (para la consternación de gran parte de la clase dominante estadounidense), hasta ahora no ha logrado ninguna iniciativa que requiera la aprobación del Congreso.

La arrogante predicción de Trump y los líderes republicanos en el Congreso de que Obamacare sería "revocado y reemplazado" de inmediato colapsó durante el verano. Trump no ha asegurado los fondos para construir su muro fronterizo, y las propuestas para reconstruir la infraestructura aún no se han materializado.

El Congreso pasará el resto del año tratando de concretizar la única prioridad en la que todos los republicanos parecen concordar: los recortes de impuestos. Pero, así como los proyectos de ley del Senado y de la Cámara Baja son expuestos ser una ofrenda para los súper ricos y las corporaciones, a expensas de todos los demás, algunos republicanos expresan dudas sobre la legislación.

Mientras tanto, el plan presupuestario republicano está lleno de insultos más crueles a cualquiera que no tenga acceso a un jet privado.

Es revelador que el autodenominado maestro del "arte de la negociación" parezca no aprobar ninguna ley a pesar de que su partido controla ambas cámaras del Congreso. La verdad es que Trump, al igual que la clase dominante estadounidense a la que pertenece, prefiere ejercer el poder sin tener que rendir cuantas y hacer como le plazca, independientemente de cuán grande la oposición sea.

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NADA DE esto justifica la complacencia de algunos demócratas, que sólo esperan la autodestrucción de la administración Trump o a que al menos prepare el terreno para una abrumadora derrota en electoral en el futuro.

Aunque Trump no haya logrado alguna legislación, él no ha vacilado en imponer su agenda de manera autocrática a través de la acción ejecutiva. En particular, la Casa Blanca ha sido capaz de avanzar un Estado más represivo.

Los agentes de inmigración de ICE han sido desatados para aterrorizar abiertamente a las comunidades inmigrantes, creando miedo y sufrimiento a una escala mucho mayor. Sin embargo, la continuidad que esto representa con la administración Obama, que deportó a más inmigrantes que cualquier otra, casi nunca es discutido en los medios establecidos.

Con sus eventos celebrando "la ley y el orden" y el desmantelamiento de las mínimas amonestaciones federales a los departamentos de policía citados por racismo y violencia, la administración pide a los policías del país quitarse los guantes. La epidemia de asesinatos policiales ya había alcanzado un nivel récor durante la era Obama, pero con Trump abrazando el racismo y la violencia, la situación se vuelve mucho más peligrosa.

Trump también ha intensificado la violencia imperialista, del Medio Oriente al este asiático, con amenazas contra Corea del Norte que prometen aún peores consecuencias.

Otro menos reportado aspecto de la era Trump es cómo los políticos de la derecha, electos a sus cargos o asignados a sus sillas, han aprovechado la oportunidad para impulsar legislación retrógrada a nivel estatal y local. Algunos de los peores reaccionarios pagaron un precio en las elecciones del mes pasado, pero los resultados sólo resaltan qué tanto la derecha está empujando sus prioridades, de un modo más efectivo, más allá del gobierno federal.

Esto se explica por un alarmante desarrollo en la era Trump: el envalentonamiento de la extrema derecha para actuar e incitar a la violencia.

El punto crítico de esto vino en agosto, cuando numerosos grupos supremacistas blancos se reunieron en Charlottesville, Virginia, para "Unir la Derecha", y que terminó con el asesinato de un manifestante antirracista. Trump presto más atención a los antifascistas en Charlottesville, mientras llamaba a los nazis "buena gente".

La repugnante justificación del odio y la violencia por parte Trump ayudó a impulsar una ola de indignación hacia la extrema derecha. Desde Charlottesville, las contra-movilizaciones de los antirracistas han puesto la extrema derecha a la defensiva.

Sin embargo, los reaccionarios y los racistas están en una posición mucho más fuerte con Trump, y siguen siendo una amenaza inmediata que la izquierda debe contrarrestar.

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DURANTE SU primer año, Trump ha gozado bajísimos niveles de popularidad entre los presidentes estadounidense, por lo que es difícil creer que, con todos los fracasos, su administración haya logrado tanto como lo ha hecho.

Esto gracias a un Partido Demócrata que habla duro sobre Trump, la mayor parte del tiempo de todos modos, pero no hace nada para promover una oposición tangible. En septiembre, los líderes demócratas del Congreso, Chuck Schumer y Nancy Pelosi, mostraron sus reales colores cuando orgullosamente se sentaron con Trump para negociar, con los derechos de los inmigrantes en el tajo.

Los principales reveses de Trump han sido el resultado de las protestas populares y sus propios errores, no lo que los demócratas hayan hecho. Esto es porque los demócratas están comprometidos a servir al poder corporativo y defender el estatus quo, sin cambiarlo.

Si alguna cosa, el año ha demostrado, con urgencia y una claridad sin precedentes, que la izquierda necesita organizarse y crecer.

La promesa y el poder de la solidaridad para triunfar sobre el odio han sido revelados en los puntos más fuertes de la resistencia de este año, de la masiva Marcha de la Mujer a la ocupación de los aeropuertos, la rebelión popular contra Trumpcare y más.

Necesitamos una izquierda formada por radicales y socialistas que puedan participar en, y fortalecer, todos estos momentos de lucha, pero a la vez construir una organización y desarrollar una alternativa política independiente.

El principal mensaje de los demócratas es esperar a 2018 para "sacar el voto". Pero sabemos que no podemos esperar. Incluso con sus fracasos, los éxitos de Trump han hecho la situación intolerable.

Una nueva generación de socialistas surgió y se organizó durante este año. Cuanto antes desarrolle el potencial de una alternativa de izquierda, mejor para la mayoría de la gente en todo el país, y en todo el mundo.

Traducido por Orlando Sepúlveda