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DE OBRERO SOCIALISTA
La alternativa al sistema enfermizo de los patrones
Un mundo que ganar

abril de 2001 | página 4

HECTOR REYES, autor de Socialismo desde abajo, explica el significado del socialismo.

DESPUÉS DE dos décadas de grotescos ataques contra la clase trabajadora y los pobres de todos los países del mundo el saldo es perturbador. Un billón y medio de personas subsisten con el mísero ingreso de un dólar (o menos) diario.

Actualmente, la riqueza combinada de tres billonarios estadounidenses supera el producto bruto nacional combinado de los 43 países menos desarrollados del mundo.

En EEUU, el país mas rico del mundo, la brecha entre ricos y pobres también se ha hecho mucho más grande. Tras 20 años de ataques, los jefes lograron reducir el salario semanal de la clase trabajadora estadounidense por un 20% para mediados de los 1990s.

Muy a pesar de los informes continuos de la prensa común sobre la supuesta bonanza del mercado, en 1999 protestas masivas estallaron en Seattle en contra de las políticas económicas de la Organización Mundial del Comercio.

La "batalla de Seattle" demostró al mundo que la población de los EEUU estaba tan hastiada como en el resto del globo de la avaricia corporativa y de su efecto nocivo sobre los trabajadores y el ambiente.

Diariamente sentimos el antagonismo que existe entre las necesidades de nuestros jefes de exprimirnos cada vez más trabajo en menos tiempo y por menos paga, y nuestro justo reclamo de condiciones de trabajo saludables y dignas, y una compensación que nos permita atender nuestras necesidades básicas–vivimos una forma de esclavitud asalariada porque nuestra única alternativa es trabajar para uno u otro capitalista.

La respuesta a todos estos atropellos es la misma que Marx propuso hace siglo y medio: que los que producen las riquezas controlen democráticamente como deben ser utilizadas en beneficio de cada ser humano. Esta es la simple pero poderosa premisa del socialismo.

Pero el término socialismo ha sido manipulado y distorsionado desde entonces. Más recientemente, desde los partidos social demócratas europeos hasta la Cuba de Fidel Castro, el socialismo se vende de forma muy barata y conveniente.

Para Marx el socialismo necesariamente envolvía a la clase trabajadora como la nueva clase gobernante, ejerciendo su poder e imponiendo sus prioridades a través de su control del estado–a través de los consejos de trabajadores que democráticamente establecían las metas para satisfacer las necesidades de la clase trabajadora.

Los partidos social demócratas que persiguen una estrategia exclusivamente electoral son incapaces de establecer el socialismo.

Pretendiendo usar el sistema electoral de forma gradual esconden que bajo el capitalismo las más importantes decisiones–como la inversión de capital, la clausura de fábricas, o el despido masivo de trabajadores–quedan fuera del alcance del gobierno y están en las manos de los capitalistas.

También la función del ejército, la policía y las cortes, así como la composición de sus más altos funcionarios quedan fuera del ámbito electoral. Por eso Marx entendió que el viejo estado capitalista debe ser destruido y reemplazado por uno en que sus estructuras básicas respondan a las necesidades de la clase trabajadora.

La única revolución en que la clase trabajadora ha tomado el poder fue la revolución rusa (Bolchevique) de 1917. En ésta, Lenin y su partido de trabajadores revolucionarios lograron dirigir la toma del poder de la clase trabajadora con el apoyo del campesinado.

Por primera vez en la historia los cocineros y los choferes, los obreros y los soldados rusos se convirtieron en los gobernantes de la sociedad. Su forma de gobierno era sencilla pero poderosa–sobre la base de consejos de obreros llamados soviets–y era defendida por la clase trabajadora armada.

Los trabajadores tomaron el control de sus lugares de trabajo, la tierra fue nacionalizada y distribuida a los campesinos, las naciones oprimidas obtuvieron su derecho a la autodeterminación e independencia.

La mujer obtuvo el derecho al aborto libre de costo e inmediato. Centros de cuidado de niños, lavanderías y cocinas comunales fueron establecidas para que las mujeres participaran de los eventos políticos y culturales en igualdad de condiciones con los hombres. La homosexualidad fue descriminalizada.

En cambio en Cuba, la guerrilla de Castro logró tomar el poder con un ejército rebelde que sólo contaba con entre 800 y 2,000 combatientes–en contra de un aparato militar que contaba con decenas de miles de soldados.

La facilidad con que el ejército del dictador Fulgencio Batista colapsó se debió al desprecio que la población sentía por éste.

Castro no perseguía originalmente ningún proyecto que tuviera que ver con el socialismo o la extensa nacionalización de la industria. Perseguía eliminar la extensa corrupción del gobierno de Batista, y establecer una república liberal que pudiera entablar una relación comercial de igualdad con los EEUU.

En el caso de Cuba, el proyecto de desarrollo de la economía nacional fue complicado por el bloqueo económico estadounidense y su acecho militar. Lamentablemente para la clase trabajadora cubana, ésta no se encuentra en el poder y no tiene control sobre la dirección de la economía y la distribución de los recursos, ni tampoco sobre sus condiciones de trabajo.

Es la trágica contradicción del Ché Guevara y sus estrategia guerrillera que su lucha no podía conducir al socialismo. Su heroísmo y su deseo de confrontar al imperialismo estadounidense lo convirtieron en un símbolo de lucha antiimperialista que perdura hasta nuestros días–pero que no nos ofrece una alternativa viable.

El EZLN también ha dirigido una lucha valiente por los indígenas en Chiapas. Pero al rehusarse a llevar la lucha hasta sus últimas consecuencias, hasta la toma del poder por los obreros y campesinos, los Zapatistas limitan la lucha.

En contraste, el elemento crítico en la lucha por el socialismo genuino, desde abajo, es la organización de la clase trabajadora.

A diferencia del esquema guerrillero, el partido revolucionario obrero es un partido de masas. Lenin describió al partido revolucionario obrero como el tribuno del pueblo, que lucha contra todo tipo de injusticia.

El sexismo, el racismo, la homofobia, la discriminación contra inmigrantes, y otros tantos prejuicios son usados por los poderosos para mantener a los trabajadores peleándose unos con otros. Una clase trabajadora dividida no puede luchar por el poder.

El relativamente corto ejemplo que nos dieron los trabajadores rusos–pues fueron derrotados por la contrarrevolución de Estalin a finales de los 1920s–fue sobre todo lo que es posible cuando la creatividad e iniciativa de las masas trabajadoras son liberadas por su revolución.

Con los imponentes avances científicos y tecnológicos ocurridos desde entonces, con el monumental crecimiento de la clase trabajadora mundial, y con la creciente evidencia que la mentada globalización le proporciona a trabajadores de todas razas y nacionalidades de la confluencia de intereses entre unos y otros, el potencial de lograr construir un mundo justo para todos es mejor que nunca.

Al comienzo del nuevo milenio, la descripción clásica de Marx y Engels–en su famoso Manifiesto Comunista–de la capacidad del capitalismo para extenderse por todo el mundo, para crear y recrear mercados, transformar y destrozar sociedades, para acumular y concentrar riqueza, a la misma vez que utiliza o desecha a millones de seres humanos en el proceso, que produce guerras, genocidio, y desastres ecológicos en su búsqueda insaciable de más mercados y ganancias, se ha hecho más acertada.

Como también su prescripción: "¡Trabajadores del mundo únanse! No tienen nada que perder excepto sus cadenas".

Son los trabajadores quienes pueden transformar el mundo en uno en que satisfacer las necesidades humanas sea la prioridad.

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