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LO QUE PENSAMOS
La política del "menos malo"
¿Estamos mejor con un presidente Demócrata?

31 de octubre de 2003 | página 2

MUCHA GENTE progresista asume como cuestión de sentido común que si tenemos un Demócrata en la Casa Blanca es mejor para nuestra causa. Esto se justifica con el argumento de que por lo menos con un Demócrata como presidente--no importa cuan moderado--las voces de los activistas sociales tienen una mejor oportunidad de ser oídas.

Por eso, durante el verano, muchos en la izquierda publicaron advertencias acerca de la necesidad de apoyar a un Demócrata para derrotar a George W. Bush en las elecciones del 2004. "Piensa en la noche de las elecciones", escribió Michael Albert de ZNet y la Revista Z. "Piensa cuando mires los resultados. Piensa como tu corazón y tu alma reaccionarán si Bush gana. "Piensa en miles de millones de otras personas que se desmoronarán en la pasividad de la desesperación al ver lo mismo. Piensa en Bush y su círculo relamiéndose la victoria y decidiendo que pueden hacer lo que quieran por cuatro más años. Queremos que Bush se vaya".

La suposición es que si Bush es sacado de la Casa Blanca por un Demócrata en el 2004, los activistas podrán sacar ventaja--primero, porque la amenaza inmediata de cuatro años más de Bush sería evitada; y segundo, porque al tener un Demócrata en la Casa Blanca nuestro lado tendría más oportunidades para empujar nuestras demandas.

Examinaremos estos dos argumentos individualmente. Primero, ¿al derrotar a Bush pararíamos la amenaza de cuatro años más de la clase de políticas que éste ha llevado a cabo hasta ahora? Hay diferencias entre los Demócratas y los Republicanos--pero las diferencias mayores se encuentran en su retórica. Aún los Demócratas más moderados típicamente proclaman su apoyo a las causas liberales y alegan el querer representar los intereses de la gente trabajadora--por lo menos mientras hacen campaña.

Y en la corriente campaña por la nominación presidencial Demócrata, algunos candidatos--Dennis Kucinich y Dean Howard--se presentan como la opción del movimiento a causa de su oposición a la invasión de Irak. Pero una vez asumen su cargo, los políticos Demócratas tienen mucho más en común con los políticos Republicanos que lo que tienen en común con quienes constituían el grueso de su base.

Esto es así porque los políticos del Partido Demócrata, como sus contrapartes en el Partido Republicano, son esencialmente comprados y pagados por las corporaciones americanas--y por lo tanto están comprometidos a mantener el status quo político.

Históricamente la consecuencia ha sido que un voto contra los Republicanos para prevenir la amenaza de que políticas conservadoras dominen en Washington no ha producido políticas más liberales. Así que por ejemplo, en las elecciones de 1964, Lyndon Johnson era visto por el emergente movimiento anti-guerra como el "mal menor" versus el belicista Republicano Barry Goldwater.

Sin embargo, después de ganar la elección, , Johnson le agradeció a los activistas que votaron por él intensificando la guerra de EE.UU. en Vietnam, al desplegar la masiva campaña de bombardeos llamada Operación Trueno Arrollador. Johnson, así como John F. Kennedy antes que él, estaba tan comprometido a ganar la "guerra contra el comunismo" en Vietnam como los Republicanos. Hizo falta un movimiento anti-guerra que era demasiado grande y demasiado clamoroso como para ser ignorado--así como la gran resistencia de los vietnamitas--para forzar a los políticos Demócratas a empezar a cuestionar la guerra.

¿Que tal la segunda pregunta--si estaremos en una mejor posición de ganar nuestras demandas si un Demócrata habita la Casa Blanca?

Sin una presión organizada desde debajo no hay garantías de que los Demócratas ni siquiera escuchen a los activistas--y mucho menos que cumplan las promesas que hagan durante sus campañas. Un claro ejemplo lo es Bill Clinton. Después de 12 años de Ronald Reagan y George Bush Sr., las esperanzas de los activistas fueron alimentadas por la perspectiva de tener un Demócrata en la presidencia. Clinton prometió reformas al sistema de salud, la protección del derecho de la mujer al aborto y más derechos para los gays y las lesbianas.

Pero en vez de crear un mejor clima para los activistas preocupados por estos asuntos, bajo la administración de Clinton el activismo quedó prácticamente suspendido--siempre con la excusa de que el Demócrata en la Casa Blanca necesitaba más tiempo para cumplir sus promesas.

Los grupos convencionales liberales como la Organización Nacional para Mujeres (NOW, por sus siglas en inglés) se negaron a organizar a la gente para presionar sus demandas--para darle a Clinton el "espacio" que necesitaba. Pero en vez de cumplir sus promesas, Clinton tomó la oportunidad para pandearse aún más hacia la derecha. Dejó que la Ley de Libertad de Opción no llegara al Congreso. Y aceptó el podrido acuerdo "No preguntes, No digas" (Don't ask, Don't tell) para los gays en el ejército y terminó aprobando la prejuiciada Ley de Defensa del Matrimonio.

Clinton sabía que podía moverse hacia la derecha porque no iba a perder el apoyo de su izquierda--de organizaciones como NOW que se había alineado detrás de "su" presidente. Su victoria en la "reforma" del bienestar público es el mejor ejemplo de este proceso.

La punitiva ley de bienestar (welfare) de Clinton de 1996 fue mucho peor que cualquier cosa que sus antecesores Republicanos hubieran intentado--forzando a millones de recipientes a tomar trabajos de bajo sueldo, sin posibilidades de ascenso, supuestamente en pos de que los pobres tomaran "responsabilidad personal" por su vidas. La administración de Clinton, y no los Republicanos, logró destrozar la idea de que el gobierno de EE.UU. era responsable del bienestar de los pobres. Y ninguna de las organizaciones liberales levantaron ni un dedo contra esto.

"Si Ronald Reagan hubiera hecho esto, ellos hubieran arrastrado a niños pobres en sillas de ruedas hasta la Casa Blanca para oponerse esto", dijo a un ayudante anónimo de Clinton en 1994. Contrario a la creencia de que el activismo se expande bajo un presidente Demócrata, la historia nos dice que un Demócrata en la Casa Blanca puede tornar al activismo más débil.

Esto nos trae de vuelta al 2004. Por supuesto sería una delicia ver a Bush sacado a patadas de Washington. Pero su derrota en el 2004 no implica que nuestras demandas vayan a ser satisfechas más rápido.

Mucho más importante que cuál partido controla la Casa Blanca es si las masas se movilizan para luchar por la justicia. Esta dinámica fundamental explica por qué algunas de las reformas más importantes que los trabajadores han ganado han ocurrido bajo administraciones Republicanas--y por qué algunos de los peores ataques contra los trabajadores se han llevado a cabo por el "mal menor" de los Demócratas.

Por ejemplo, la administración de Richard Nixon extendió los derechos civiles, los derechos laborales y las protecciones ambientales mucho más ampliamente que la de Bill Clinton. Durante la época de Nixon, la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional (OSHA) fue creada; una serie de normas ambientales, tal como las leyes de Agua Limpia y de Especies en Peligro de Extinción, fueron aprobadas; y las áreas silvestres protegidas de Alaska fueron expandidas.

La Corte Suprema que había sido estofada con jueces nominados por Nixon hizo fallos a favor de la acción afirmativa y del derecho de la mujer al aborto. Por supuesto, esto no quiere decir que es bueno que los Republicanos gobiernen--sobre la premisa de que las políticas reaccionarias alientan al pueblo a luchar.

Al contrario, las promesas de más austeridad y miseria pueden debilitar la confianza en si mismos de los trabajadores. Y las esperanzas infladas cuando un Demócrata toma la presidencia pueden conducir a una radicalización cuando el "partido de la gente trabajadora" no está a la altura de la imagen que proyectó durante su campaña.

Pero en términos generales, dejarse llevar simplemente por quien está en la Casa Blanca es una forma muy estrecha de racionalizar cómo ocurren los cambios sociales. Otros factores importantes toman prominencia--como por ejemplo, ¿aumentará la resistencia a la ocupación en Irak? O, ¿se irá en picada la economía de EE.UU. otra vez? Y entonces están los factores sobre los que tenemos algún control--como la construcción de organizaciones independientes de los Demócratas y los Republicanos que confronten las políticas podridas de ambos partidos.

Eugene Debs corrió para el presidente cinco veces al principio del siglo XX como candidato del Partido Socialista. Su campaña se cimentó sobre la idea de la construcción de una alternativa a los partidos gemelos del capitalismo, los Republicanos y los Demócratas. Esa alternativa era el socialismo--la idea de que los trabajadores tienen el poder para manejar la sociedad.

"Los trabajadores del mundo han esperado demasiado tiempo por que un Moisés venga a dirigirlos para escapar su esclavitud", dijo Debs a una concurrencia en Nueva York, en 1905. "Él no ha venido; ni nunca vendrá. Yo no los dirigiría a escapar si pudiera; porque si ustedes pudieran ser dirigidos a escapar, también podrían ser dirigidos a volver otra vez. Yo los convencería a decidirse de que no hay nada que ustedes no puedan hacer por si mismos".

La clave es la construcción de una alternativa a las posturas de siempre de Washington que luche por nuestras demandas, no importa qué partido gane en el 2004.

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