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El nuevo hombre de Washington en Bagdad

Por Lance Selfa | 23 de julio de 2004

JOHN NEGROPONTE, el ex embajador de EE.UU. en las Naciones Unidas, fue ratificado en mayo por el Congreso de EE.UU. como su embajador en Irak a partir del 30 de junio. Acariciándolo con preguntas superficiales y aduladoras, los senadores no se dignaron a preguntarle a Negroponte nada que le hubiera hecho sentir incómodo en las vistas públicas.

Cuando un activista por los derechos humanos le gritó a los senadores desde las gradas exigiéndole que le preguntaran a Negroponte sobre los escuadrones de la muerte que él ayudó a defender en Honduras durante los años 80, los senadores pretendieron no oírlo. Sin embargo, las preguntas que no se hicieron--sobre el papel central de Negroponte en la guerra de los "Contras" conducida por la administración de Reagan contra el gobierno Sandinista de Nicaragua en los 80--dicen mucho sobre lo que Washington espera de Negroponte.

La operación de los "Contras" puede que haya tenido defensores más conocidos o rimbombantes--desde el al fin difunto presidente Ronald Reagan hasta el entonces teniente coronel Oliver NorthPero nadie fue más importante en ofrecerle un manto político e ideológico a esta guerra sucia que Negroponte, el embajador de EE.UU. en Honduras desde 1981 hasta 1985.

Durante la guerra de los Contras, Honduras era el centro de operaciones de los ataques de estos contrarrevolucionarios contra Nicaragua. Un tremendo aumento de asistencia militar convirtió virtualmente a Honduras en una base militar de EE.UU. Esto también fortaleció a las fuerzas armadas hondureñas que usaron su poder no solo para suprimir a los que se oponían a la guerra de los Contras, sino también a cualquiera que luchara por los derechos humanos y los derechos obreros en este país.

El vehículo principal de esta represión fue la unidad especial del ejército hondureño conocida como el Batallón 316, comandado por el fanático anticomunista, el General Gustavo Álvarez Martínez. El Batallón 316--formado por recomendación de la CIA--desapareció y asesinó a miles de izquierdistas, sindicalistas y otros disidentes, y torturó a cientos más.

Además de facilitarle asistencia militar a los gorilas militares de Honduras, Negroponte orquestó la decepción oficial para esconder sus atrocidades, de acuerdo a un informe excelente de Stephen Kinzer, publicado en la revista New York Review of Books en 2001. Una investigación de la CIA en 1994 confirmó esto, citando a un diplomático que dijo que la embajada (o sea, Negroponte) prohibió la revelación de información relacionada con las atrocidades en Honduras porque esto "hubiera desacreditado [lo que hacíamos] en Honduras y no hubiera sido de ayuda en implementar la política de EE.UU.".

Negroponte era responsable de evaluar anualmente la elegibilidad de Honduras para recibir asistencia militar en base a su récord sobre los derechos humanos, y nunca dejó de someter evaluaciones positivas de este país. En un informe de 1983, Negroponte sonaba casi como un burócrata estalinista defendiéndose en contra de acusaciones sobre el encarcelamiento de disidentes, e insistiendo en que "no hay prisioneros políticos en Honduras".

Cuando una comisión del senado le preguntó sobre el Batallón 316 en 1989, sostuvo: "Nunca he visto evidencia convincente de que estuvieran involucrados en actividades relacionadas a los escuadrones de muerte".

Negroponte defendió a Álvarez como un hombre "comprometido con el proceso constitucional" y con los derechos humanos--una caracterización que ningún otro jefe militar hondureño tenía la cara de defender. En 1984, preocupados de que Álvarez estaba planeando un golpe de estado para declarase el dictador, otros generales hondureños hicieron su propio golpe de estado y enviaron a Álvarez al exilio.

Negroponte llegó a inmiscuirse activamente en las políticas locales de Honduras para acallar las críticas de la política estadounidense. Después de que ganara la reelección como rector de la Universidad Autónoma de Honduras, Juan Almendares, un critico de EE.UU., vio su victoria impugnada en las cortes. La Corte Suprema del país tomó la decisión final sobre la elección universitaria. La Corte anuló la elección de Almendares--después de sus jueces se reunieron con Negroponte, Álvarez y Roberto Suazo Córdoba (el presidente nominal del país), quienes firmemente les "sugirieron" cómo votar--según Kinzer.

En una administración bien conocida por poner a las cabras a velar las lechugas--por ejemplo, al poner a los cabilderos de la industria de la madera a cargo de la administración de los bosques públicos del país--el nombramiento de Negroponte es un acto raro de demostración de sus verdaderas intenciones. De hecho, él es el candidato perfecto para las tareas que le tocan en Bagdad.

Tareas como organizar a "contratistas privados" y a milicias clandestinas en escuadrones de la muerte en contra de los insurgentes. O como dirigir la tortura de sospechosos en las prisiones militares. O convertir a la embajada de EE.UU. en la madriguera de espías más grande de la región. De seguro, Negroponte será el hombre de Washington en Bagdad, así como lo fue en Honduras.

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