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EE.UU. impone su voluntad

26 de noviembre de 2004 | página 4

LA MISMA gente que pretendió que nos creyéramos lo de las armas de destrucción masiva y que la "Misión [había sido] Cumplida" en Irak, ahora tratan de vendernos el cuento de que el ejército de EE.UU. ha logrado la "victoria" en Faluya. Y una vez más, los medios noticiosos de EE.UU. cotorrean su línea.

"Rompiendo una ciudad para repararla", declaró un titular del New York Times--un eco de la famosa declaración de un oficial militar estadounidense en Vietnam explicando que sus fuerzas habían destruido una aldea para "salvarla".

El horrible ataque contra Faluya fue presentado como una manera de aislar un "bastión rebelde". En vez de eso, lo que hizo fue poner de relieve la fortaleza del movimiento de resistencia iraquí cuando ciudad tras ciudad se convirtió en escenario de nuevas ofensivas rebeldes.

La fortaleza de la resistencia--y la debilidad del gobierno del títere de EE.UU. Iyad Allawi--se reflejaron en Mosul, cuándo combatientes de la resistencia tomaron la mayor parte de las estaciones de policía, llevándose armas y chaquetas blindadas. El ejército de EE.UU. estaba tan extralimitado que los rebeldes tomaron el control de vecindarios enteros en Bagdad--justo debajo de la nariz de la sede de la ocupación de EE.UU. en su fuertemente fortificada "Zona Verde". Faluya, mientras tanto, mantendrá a las tropas de EE.UU. ocupadas mientras los combatientes de la resistencia reinician operaciones guerrilleras en otras partes.

¿Si el ataque de Faluya le ha multiplicado los problemas militares a EE.UU., ¿entonces por qué lo hizo? Aparte de revivir la maquinaria de propaganda pro-guerra en EE.UU., el objetivo en Faluya era político--aplastar la oposición en el llamado triángulo sunita antes de las elecciones pautadas para enero.

Utilizando tropas en su mayoría chiítas musulmanas y kurdas para atacar un área musulmana sunita, Washington se propone instigar a la mayoría chiíta--oprimida por muchos años-- contra los sunitas quienes predominaban en la clase gobernante iraquí bajo el gobierno de Saddam Hussein--mientras que manipula el nacionalismo de la minoría kurda en el norte para satisfacer las necesidades estadounidenses.

Por eso EE.UU. ha desistido de aplastar la milicia de clérigo chiíta Moktada al-Sadr, mediando un acuerdo en que los seguidores de al-Sadr se aliaron con el clérigo chiíta de mas alto rango, el Ayatola Ali al-Sistani. Sistani, significativamente, se mantuvo silencioso mientras EE.UU. aplastaba a Faluya--y al-Sadr se limitó a una declaración crítica.

Consolidando esta alianza chiíta se encuentra nadie más que Ahmad Chalabi, el antiguo favorito del Departamento de Defensa quien fue desechado cuando fue acusado de pasarle información de inteligencia de EE.UU. a Irán. Chalabi ha resurgido como un sectario político chiíta--aliándose con al-Sadr--reclamando la autodeterminación de los kurdos y, por implicación, la de los iraquíes chiítas del sur.

Tal reorganización de Irak ha sido propulsada por varias voces influyentes en los círculos de poder de Washington. El barbarismo de EE.UU. en Faluya y la campaña en Mosul--utilizando tropas de las inmediaciones del Kurdistán iraquí--es un "una receta segura para la guerra civil", según el escritor del Asia Times, Pepe Escobar.

Por ahora, sin embargo, la Casa Blanca espera que la elección los ayude a reimponer su control consolidando las divisiones étnicas y religiosas. Esto sería logrado al exigir que las listas electorales sean sólo de partidos nacionales, y no de candidatos individuales. Por ejemplo, Sistani ha elaborado una lista exclusivamente compuesta de chiítas.

Aquellos en el movimiento antiguerra que alegan que EE.UU. tiene la "responsabilidad" de quedarse en Irak para "prevenir" una guerra civil debieran pensarlo dos veces. La verdad es que el espectro del derramamiento de sangre étnico y religioso en Irak le ofrece una gran oportunidad a EE.UU.--un pretexto para apoyar a un represor como Allawi o quizás una segunda versión de Saddam Hussein que esté dispuesto a imponer las prerrogativas de Washington. Así que Allawi utilizó el ataque contra Faluya para declarar un estado de emergencia de 60 días, que limita drásticamente la actividad política a relativamente poco tiempo de las elecciones.

En resumen, esta es la fórmula de EE.UU.: En bien de "la democracia," lanzar un ataque militar masivo; cuando la resistencia contraataque, restringir los derechos democráticos para reforzar el poder de un gobierno no elegido; y sus títeres entonces manipulan las elecciones para garantizar su poder--y así el control de EE.UU. sobre el petróleo iraquí.

El movimiento antiguerra en EE.UU., desgraciadamente, se mantuvo este año en silencio por meses mientras apoyaba la candidatura pro-guerra de John Kerry. Ahora el ataque en Faluya ha expuesto una vez más el horror del control de EE.UU. sobre Irak--y recalcó la urgencia de exigir que las tropas sean retiradas de este país.

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