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EL SENTIDO DEL MARXISMO
¿Es posible una revolución en EE.UU.?

Por Alan Maass | 28 de enero de 2005 | página 3

UNA PARTE de los progresistas ha reaccionado a la victoria de George Bush en las elecciones presidenciales de 2004 con desesperanza. "Puede que en esta ocasión", comentaba amargamente la columnista de The Nation, Katha Pollit, "los votantes hayan elegido lo que realmente quieren: nacionalismo, guerras preventivas, orden en lugar de justicia, 'seguridad' a través de la tortura, contraofensiva contra las mujeres y los gays, más desigualdad entre los ricos y los desposeídos, subsidios del Gobierno para las iglesias y el haces lo que digo o te caigo a patadas del presidente".

Garry Wills, escritor liberal, llegó a la conclusión de que EE.UU. había renunciado a los "valores de la Ilustración" y que el voto había sido impulsado por el "fundamentalismo del electorado estadounidense". El editorial de la revista Progressive resaltaba que "el complejo de superioridad estadounidense es una profunda afección que distorsiona nuestras percepciones y permite que los presidentes manipuladores den las órdenes de ponernos en marcha".

Semejante razonamiento coincide con el de los medios informativos de las grandes corporaciones sobre las elecciones, es decir que los reaccionarios rurales se rebelaron contra las ciudades, que la llamada de Bush a los "valores morales" y el conservadurismo social han sido el secreto de su éxito, y así por el estilo.

Realmente, esos razonamientos son en su mayoría equivocados. Por ejemplo, la cantaleta de las estadísticas de que el 22 por ciento de los electores afirman que los "valores morales" son su principal preocupación no son una revelación pues resulta que son los mismos resultados de las últimas tres elecciones presidenciales, según Los Angeles Times-- incluyendo las dos ganadas por un Demócrata. Y los mayores logros de Bush con respecto a los resultados del 2000 no provienen de las zonas rurales sino de los centros urbanos, es decir, de los lugares en donde Kerry debió haber sido más fuerte.

Ese es el verdadero secreto del éxito de Bush, el hecho de que Kerry y los Demócratas no ofrecieron razones para que el pueblo votara por ellos.

Pero, los resultados electorales llevarán a algunos a preguntarse si el objetivo al que aspiran los socialistas--una revolución que cambie el sistema de poder de una clase dominante minoritaria, y establezca un nuevo sistema basado en la democracia y la igualdad--ha sido por lo menos pospuesto a algún lugar distante en el futuro, si no es que ha sido comprobado como poco realista.

Esto pone de relieve algo que es más importante que el análisis del resultado de las elecciones, y es el hecho de que las elecciones de 2004 quedan tan lejos de una revolución que el llegar a conclusiones a partir de esto es bastante inútil.

Las elecciones de 2004 ofrecieron un debate yerto entre los candidatos de dos partidos pro-capitalistas que tienen más en común que lo que los separa. Una revolución socialista se trata de un debate político que florezca en cada rincón de la sociedad-- con las masas entrando en acción para usar su poder colectivo con el fin de establecer nuevas prioridades. Comparar las dos realidades es como comparar una canasta de manzanas con un plantío de naranjas.

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¿PERO NO es utópico hablar de revolución en Estados Unidos en primer lugar? Esta es la objeción que los socialistas oímos siempre. En realidad, la pregunta no debe ser si una revolución puede ocurrir en Estados Unidos. Sino debiera ser si otra revolución puede ocurrir, puesto que Estados Unidos ya ha tenido dos.

Una de las cosas más raras en Estados Unidos es el hecho de que sus líderes políticos que están comprometidos con una sociedad de ley y orden social, regularmente celebran los orígenes de este país que se basan en una sangrienta revolución con la que obtuvo la independencia del dominio británico. La Revolución Estadounidense no se logró con la firma de la Declaración de Independencia, sino gracias a la resistencia de las masas y de una guerra de liberación que duró largos años.

La revolución resultó en el establecimiento de un nuevo sistema radical de gobierno representativo y probablemente en la democracia más desarrollada del mundo en aquella época. Los nuevos Estados Unidos no eran un democracia consistente--después de todo los crímenes sangrientos de la esclavitud permanecieron intactos--pero constituyeron un avance revolucionario respecto a lo que existía antes.

Estados Unidos experimentó otra revolución social 90 años después: la Guerra Civil de 1861-65 que acabó con el sistema esclavista del Sur. La importancia de esta guerra ha quedado encubierta hasta hoy por los mitos sobre los generales que la dirigieron, y por otras trivialidades sin sentido como la "cultura sureña". La realidad es que al liberar a los esclavos, la Guerra Civil impuso la mayor expropiación de propiedad privada de cualquier época en la historia del mundo.

El resultado de esta revolución se atribuye habitualmente a Abraham Lincoln y quizás a unos cuantos generales del ejército, pero se ignora el papel desempeñado por un sinnúmero de personas. Esto incluye a los propios esclavos negros que jugaron un papel crucial en la lucha, como lo hicieron los agitadores del movimiento abolicionista del Norte o los soldados del ejército norteño que lucharon y murieron para derrotar a la Confederación del sur.

Esas no fueron revoluciones socialistas porque ambas preservaron el sistema capitalista de la propiedad privada, pero nadie puede decir que la Guerra de 1776 y la Guerra Civil no transformaran profundamente la sociedad estadounidense, y no de forma gradual sino con grandes convulsiones.

El siglo y medio transcurrido desde entonces también ha experimentado grandes convulsiones. Por ejemplo, en 1919, tras la carnicería de la Primera Guerra Mundial y a pesar de la histeria derechista contra los inmigrantes y los radicales, EE.UU. se vio envuelto en una ola de huelgas sin precedente que afectó a uno de cada cinco obreros.

El punto culminante fue la huelga general de Seattle de 1919. Inspirada parcialmente en la revolución rusa de 1917, más de 100,000 obreros--en una ciudad de 250,000--apoyaron la huelga general convocada por el Consejo Central de Trabajadores de Seattle para evitar que los dueños de las grandes empresas navieras rompieran sus sindicatos. De repente, Seattle quedó paralizada y sus gobernantes se vieron incapaces de restaurar el orden. Pero lo más impresionante fue la manera en que los obreros se organizaron para suministrar los servicios esenciales durante la huelga, de forma que dirigieron la ciudad colectivamente por medio de un Comité de Huelga General compuesto por representantes de comités de huelga locales.

Hay otros ejemplos en el siglo XX estadounidense. Los años treinta fueron la década de la Gran Depresión, cuando millones de familias se vieron sumidas en la pobreza y la desesperación pero fue también la década en la que los obreros consiguieron implantar los sindicatos en las industrias básicas.

Los años 50 se recuerdan por el Macartismo y la cacería de brujas anticomunista pero también fueron los años en que se iniciaron las primeras luchas de los movimientos a favor de los derechos civiles. En la década siguiente esos movimientos crecieron hasta derrumbar el sistema de segregación conocido como Jim Crow en el Sur, e inspiraron otras luchas que afectaron el tuétano de la sociedad estadounidense, desde el movimiento contra la guerra en Vietnam, hasta el de los derechos de la mujer, y el de los derechos de gays y lesbianas.

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MUCHAS DE la opiniones acerca del profundo conservadurismo en Estados Unidos y de su amplia extensión demográfica ya se habían escuchado con anterioridad, especialmente durante la época del denominado Sueño Americano (American Dream).

En los años siguientes a la Segunda Guerra Mundial, había algo de cierto al respecto. Para la mayoría de los trabajadores del país--no para todos pero sí para la mayoría--el sistema parecía que les proporcionaba modestos aumentos en su calidad de vida y prometía una vida mejor para ellos y para sus hijos. Pero hoy el Sueño Americano es un cadáver. En los últimos 25 años se ha producido un enorme cambio en la distribución de los ingresos a favor de los muy ricos. Y desde que empezó a la recesión en 2001, en estos cuatro años, los ingresos familiares promedio se han reducido si consideramos la tasa de inflación.

Para quienes siempre han padecido la peor de las suertes, las condiciones han empeorado. Los afro-americanos siguen padeciendo una tasa de desempleo que supera dos veces el promedio nacional, a la vez que sufren el grueso del incremento en el encarcelamiento a raíz de la política de ley y orden de los políticos. Mientras tanto, muchas de las reformas conseguidas como resultado de los movimientos por los derechos civiles y del poder negro--desde la acción afirmativa para superar la discriminación, hasta los programas de ayuda contra la pobreza que daban ayudas a los más vulnerables--están siendo desmanteladas a paso apresurado.

En vista de todo esto, sería absurdo afirmar que los trabajadores estadounidenses están contentos con el deterioro de su calidad de vida, y mucho menos con el mundo violento, lleno de guerras y contaminación en que viven.

Las encuestas de opinión pública muestran que los estadounidenses comunes están muy lejos de sentirse contentos con las prioridades de la administración Bush. Una de estas, realizada por el Wall Street Journal, encontró que más de la mitad de los encuestados estaría dispuesto a pagar más de $2,000 en impuestos anuales para garantizar servicios de salud a los médico indigentes. Lo mismo ocurre con el subsidio de la educación pública.

Y a pesar de las rabietas de derecha cristiana, una considerable mayoría de los estadounidenses creen que el aborto debe seguir siendo legal y más de la mitad apoya alguna forma de reconocimiento oficial--bien sea matrimonio o uniones civiles--para los gays y lesbianas. Este último asunto--los derechos de los gays y lesbianas--tiene especial relevancia porque representa un cambio radical de actitud en los últimos diez años, a pesar de los retrocesos continuos en el debate político en Washington tanto durante los mandatos de Bill Clinton como en el de Bush.

No existe razón para creer que el pueblo trabajador haya sido engañado para que acepte un bajón en su calidad de vida. Y la realidad es que según pasa el tiempo esas condiciones van de mal en peor, en lugar de mejorar, sin indicios de que la situación cambie de dirección.

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POR NUESTRA parte existe el potencial para ponernos en acción en muchos, muchos asuntos. Pero lo que determina el nivel de lucha es nivel de confianza y organización. Y en las últimas décadas se ha producido un retroceso en los movimientos obreros, en los de la lucha por los derechos de los afro-americanos y de otras causas progresistas. Todo esto ha impactado cómo la gente se organiza para luchar, o incluso si está dispuesta a luchar.

Por ejemplo, los sindicatos han sufrido los ataques de las corporaciones estadounidenses desde finales de los 70, por lo que la proporción de trabajadores sindicalizados ha disminuido continuamente hasta llegar al 13 por ciento actualmente, e incluso menos en el sector privado. Una de las principales razones ha sido la pasividad de los líderes sindicales ante esta ofensiva. Los líderes del movimiento obrero creen que las huelgas y las acciones militantes--especialmente cuando implica desafiar las leyes--son métodos del pasado que causan más daño que bien. En su lugar, han invertido sus esfuerzos en procurarse el favor de Washington.

El apoyo a los Demócratas ha sido desastrosamente ineficaz para los sindicatos. Pero la actitud defensiva de los sindicatos es una profecía destinada a auto cumplirse. Cualquier enfrentamiento entre los sindicatos y los patrones en que los sindicatos presentan una oposición de pacotilla, o peor aun ninguna oposición, fortalece la autoconfianza y fortaleza del otro bando y debilita al nuestro. Estas son las circunstancias que llevan a la gente a creer que no es posible vencer y son las que conducen a hacer concesiones para conservar su empleo en lugar de arriesgarse a luchar por más.

Pero decir esto no significa que debamos aceptar el estereotipo de que los trabajadores en Estados Unidos son apáticos y conservadores. El nivel de lucha de clases se mantiene bajo pero en todas las ciudades de Estados Unidos se producen luchas con muchos motivos: huelgas, protestas contra la violencia policial, manifestaciones a favor del matrimonio gay, o de oposición a los ataques contra los inmigrantes.

El ejemplo más evidente es la oposición a la guerra y ocupación de Irak por Washington. Cuando la pandilla de Bush estaba preparando su invasión a principios de 2003, millones de personas salieron a manifestarse y protestar en todo el país, sin mencionar las realizadas en el resto del mundo, lo que llevó al New York Times a declarar que "puede que todavía existan dos superpotencias en el planeta: Estados Unidos y la opinión pública mundial".

Desgraciadamente, las elecciones estadounidenses detuvieron las acciones contra la guerra, en gran medida porque los líderes del movimiento se volcaron en apoyo a John Kerry a pesar de que este favorecía la guerra. Pero ello no quiere decir que la administración de Bush haya conseguido que su guerra y ocupación sean populares. Todo lo contrario, la brutalidad de la ocupación--y el creciente número de víctimas entre los soldados estadounidenses--ha preparado el terreno para que el movimiento se vuelva a poner en marcha.

Cuando las luchas emergen y se relacionan pueden desarrollarse con notable rapidez. Ese fue el caso, por ejemplo, de los tronquistas (Teamsters) cuando se fueron a la huelga contra la UPS en 1997. En medio del llamado "milagro económico" los medios de comunicación principales tuvieron que dejar sus fábulas felices e investigar el asunto de la avaricia corporativa y la baja en la calidad de vida que la huelga trajo al primer plano.

En una escala mayor, algo parecido se puede decir de los momentos culminantes de lucha en la historia de EE.UU. Las grandes insurrecciones de trabajadores de los años 30 fueron precedidas en contraste por las de los años 20, cuando la clase dominante estaba a la ofensiva, y los sindicatos establecidos parecían estar desfalcados, a punto de sucumbir. De la misma manera, el radicalismo de lo años 60 fue precedido por el conservadurismo de los 50.

Es importante recordar que la lucha por los derechos civiles de los años 60 emergió años antes con batallas menos conocidas que envolvieron un número modesto de personas, iniciadas durante un periodo hoy considerado como profundamente conservador. Para los individuos que estaban dispuestos a alzar su voz no había garantía alguna de que podrían eventualmente derrotar al Jim Crow. Muy al contrario, el sistema racista parecía todo poderoso, capaz de afrontar cualquier desafío. Pero a final fue derrotado, lo que se tornó en algo histórico.

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LOS IDEÓLOGOS que defienden el status quo están siempre dispuestos a proclamar "el fin de la historia"-- un periodo de calma social y de conservadurismo. Pero una sociedad cimentada en la injusticia y la desigualdad nunca estará pacificada por completo. Esa es la lección que ofrecen los estados policiales más brutales, y es también la realidad de sociedades como la estadounidense que presentan una máscara de democracia y libertad.

Cuando las luchas emergen siempre comienzan pequeñas. Pero esas batallas iniciales son cruciales para la formación de las ideas en las gentes que se unirán para dar pasos más importantes. Por ejemplo, los estudiantes negros universitarios que se unieron al movimiento por los derechos civiles a principios de los años 60 estaban motivados por ideas relativamente conservadoras sobre el derecho a ocupar su lugar en el sistema capitalista.

Unos pocos años después, muchos miembros del SNCC (Comité de Coordinación de Estudiantes No Violentos) se consideraban revolucionarios. Fueron testigos de las Marchas por la Libertad para acabar con la segregación en las líneas de autobuses interestatales, del asesinato de los voluntarios a favor de los derechos civiles durante el Verano de la Libertad en su proyecto de inscripción de votantes negros en 1964, y de la traición del Partido Demócrata al no aceptar delegados a favor de los derechos civiles en su convención nacional de 1964. Esas experiencias les convencieron de que la lucha contra la injusticia racial sólo podía ganarse uniéndola a la lucha contra otras injusticias, y luchando al mismo tiempo por otro tipo de sociedad.

Esta transformación se repitió en los 60 y a principios de los 70. Los estudiantes que actuaron como voluntarios en el Verano de la Libertad usaron las destrezas que aprendieron en el movimiento por los derechos civiles para organizar las protestas contra la guerra de Vietnam. Por su parte, veteranos de esta lucha, a su vez lanzaron la lucha por los derechos de la mujer, incluyendo el del aborto. Los movimientos modernos de gays y lesbianas surgieron en 1969 con la creación del Frente de Liberación Gay, una organización que tomó su nombre del Ejército de Liberación de Vietnam.

Hoy, a los medios de comunicación les gusta hablar de forma despectiva de los movimientos de los años sesenta. Sin embargo estos son la prueba de que las ideas pueden cambiar con enorme rapidez. En momentos de semejante ebullición social, millones y millones de personas que habían centrado su energía en otros asuntos de pronto concentraron su atención en la transformación de la sociedad.

Esto es lo que hace posible una revolución, la participación de las masas. La caricatura de la revolución que presentan muchos historiadores es la de un pequeño grupo de fanáticos armados que toman el control del Gobierno y se sirven de él para enriquecerse. Pero esto no tiene nada que ver con el socialismo auténtico. El momento decisivo en cualquier revolución llega cuando, según escribió el revolucionario ruso Leon Trotski, las masas "rompen las barreras que les excluyen del escenario político, dejan de lado a sus representantes tradicionales y crean a través de su propia interferencia la base de un nuevo régimen".

Ese momento constituye el acto final de una revolución, el clímax de un periodo mucho más largo de luchas en el cual los dirigentes de una sociedad se enfrentan a una crisis creciente, al mismo tiempo que los trabajadores cada vez son más conscientes de su propia fuerza. Al principio del proceso, los objetivos de cambio pueden ser modestos, quizás unas pocas reformas en la manera en que funciona el sistema. Pero la lucha plantea cuestiones más profundas, y la gente comienza a percibir las conexiones entre sus propias luchas y otros asuntos, incluyendo la propia naturaleza del sistema.

Obviamente, estamos a años de distancia de semejantes revueltas. En efecto, la dificultad hoy estriba en que una gran parte de la organización y las iniciativas para la lucha tienen que ser levantadas de nuevo. Pero teniendo en cuenta la historia de este país, sería tonto afirmar que la revolución es imposible, a pesar de la imagen de pasividad social que ofrecen los medios de comunicación.

La revolución no sólo es posible en Estados Unidos sino que es absolutamente necesaria y urgente para acabar con la pobreza, la guerra y la opresión--y para crear una nueva sociedad basada en la justicia y la libertad.

Originalmente traducido para Rebelión.org por Felisa Sastre

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