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Carta desde Bolivia
La izquierda boliviana enfrenta un momento estratégico difícil

Por Tom Lewis | julio-agosto de 2005 | página 3

Cochabamba, 15 de julio de 2005--Los movimientos sociales, indígenas, laborales, y populares de Bolivia lograron una victoria importante el pasado día 9 de junio cuando bloquearon el ascenso al poder de Hormando Vaca Diez, otro neoliberal aún más conservador que el ex-presidente Carlos Mesa, quien tuvo que dimitir el día 6 de junio.

Esa victoria dio fin a un mes de manifestaciones, huelgas, y bloqueos de camino en donde habían surgido como las consignas principales: "¡Nacionalización de los Hidrocarburos!" y "¡Asamblea Constituyente ya!".

Las heroicas jornadas de mayo y junio, que concentraron en un día a más de 300,000 personas en la Plaza San Francisco de La Paz, afirmaron la capacidad de las fuerzas de la izquierda boliviana de coordinar sus acciones para atacar al neoliberalismo y hacer tambalear su estado.

El desenlace inmediato de este episodio--el más reciente en la lucha de los bolivianos para recuperar sus recursos naturales del control que las empresas trasnacionales ejercen--fue la sucesión, como presidente interino, de Eduardo Rodríguez, jefe de la Corte Suprema.

El mandato constitucional de Rodríguez es convocar al país a elecciones adelantadas para el 4 de diciembre de 2005. Y es precisamente la proximidad de las elecciones nacionales que ha planteado un desafío estratégico para la izquierda boliviana y que la amenaza con la posibilidad de una derrota que le pueda costar caro.

La presidencia interina de Rodríguez representa un empate transitorio en los conflictos sociales bolivianos.

Los acontecimientos de mayo y junio muestran que Bolivia está viviendo un momento extraordinario en términos de la acumulación y la articulación de fuerzas rebeldes. No sólo hay un despertar de los movimientos sociales, incluido el movimiento laboral, sino también un despertar de la fuerza indígena--algo que no ha ocurrido en 100 años.

En mayo y junio estas fuerzas combinadas lograron que sus consignas--"nacionalización" y "asamblea constituyente"--sean los temas de debate en la sociedad, el Congreso, los medios de comunicación, etc. Sin embargo, y a pesar de su gran despliegue de fuerza, hay que reconocer que las fuerzas rebeldes no lograron realizar sus demandas.

Todavía no hay nacionalización, y la asamblea constituyente se ha postergado hasta julio de 2006. Muchos dudan que se realice incluso en esa fecha. La problemática situación en que se encuentran hoy los movimientos sociales, indígenas, laborales, y populares de Bolivia se debe a su incapacidad de tomar el poder durante la sublevación de mayo y junio.

La realidad es que no se puede pedir "nacionalización" de un gobierno neoliberal. Hay que tener en manos el poder estatal para realizar tal demanda. Sin la capacidad de tomar el poder, los movimientos sociales tuvieron que retroceder, abriendo espacio para nuevas maniobras gubernamentales.

La táctica de convocar a elecciones adelantadas ha sido una jugada genial de la clase dirigente que, por el momento, ha puesto a los movimientos sociales a la defensiva. El actual Congreso y el oficio de la presidencia están totalmente desacreditados.

Pero, con partidos y candidatos nuevos, las nuevas elecciones pueden relegítimar esas instituciones--por lo menos durante una temporada difícil de prever--a los ojos de muchos ciudadanos que ahora apoyan las demandas de los movimientos sociales.

El problema para la izquierda es que la mayoría de los analistas, inclusive los de la propia izquierda, pronostican que la composición del nuevo Congreso no va a diferir mucho de su actual composición. La elección de un Congreso así diseñada, y la probabilidad de que salga otro candidato neoliberal como presidente del país, provocarían un gran debilitamiento de los movimientos sociales.

Por eso, muchos activistas acá consideran que estas elecciones son las más importantes en la historia moderna del país. Ha surgido entonces un debate dentro de la izquierda sobre qué tácticas deben adoptar frente a las elecciones de diciembre.

Todos parecen reconocer que los eventos de mayo y junio han colocado la cuestión del poder en la agenda de los movimientos sociales. Pero la proximidad de las elecciones les ha producido una aparente contradicción entre la táctica y la estrategia.

La mayoría de las bases y los dirigentes que protagonizan las luchas sociales se ha dado cuenta de la necesidad de tener algún organismo político a la izquierda del ya establecido Movimiento al Socialismo, dirigido por Evo Morales. Efectivamente, hay una percepción bastante generalizada de que en varias ocasiones el MAS ha traicionado las demandas de los movimientos sociales, y que ese partido está siempre dispuesto a sacrificar sus principios para viabilizar sus posibilidades electorales.

Así faltando un "instrumento político" revolucionario capaz de asaltar frontalmente al neoliberalismo, la izquierda boliviana considera que sólo tiene tres opciones posibles para el período electoral.

Primero, la izquierda podría dedicarse a conformar su propio "instrumento político"--el eufemismo usado acá para "partido" u "organización" de representación en la esfera política de los que luchan por una transformación profunda de la sociedad boliviana. La ventaja de esa táctica es que puede fortalecer la autonomía de los movimientos sociales y radicalizar aún más sus bases vistas a la toma del poder.

Es decir, que esta primera táctica puede desembocar precisamente en un "instrumento político" con peso nacional, y así el resultado estaría más conforme con la estrategia transformadora de los sectores más radicales de los movimientos sociales. La desventaja es que corre el riesgo de ser percibido como proceso sectario con respecto al MAS, dado que las masas quieren la unidad de la izquierda, y que, especialmente en el campo, miran a Evo Morales como su líder indiscutible.

La segunda táctica posible es presentar candidatos locales y regionales donde existe la probabilidad de que ganen los comicios. La ventaja aquí es que puede asegurar que haya diputados y senadores afines a los movimientos sociales en el Congreso--una ventaja que algunos creen sumamente importante dado que el nuevo Congreso va a decidir la forma y la composición de la proyectada asamblea constituyente. La desventaja es que se rinde de antemano en la contienda para una hegemonía ideológica y política al nivel nacional.

Finalmente, hay la táctica de unirse con el MAS en un frente electoralista. Las ventajas serían que los movimientos sociales no sean percibidos como si se abstuvieran del proceso electoral, y que sí sean percibidos como los que obran por la unidad de la izquierda frente al neoliberalismo.

La desventaja es que los movimientos sociales correrían los riesgos de perder su propia identidad en la campaña electoral y de fomentar la idea de que el MAS representa una verdadera alternativa al neoliberalismo.

El debate sobre estas tres opciones no se ha concluido, y está claro que la coyuntura actual es compleja y que está llena de peligros para la izquierda. No es mi lugar el decirles a los movimientos sociales bolivianos qué camino deben seguir en el curso de los próximos meses.

Pero sí se me ocurre un comentario que se puede tomar en cuenta. La lección más contundente de mayo y junio es la necesidad de tomar el poder para realizar las demandas de los movimientos sociales. A partir de esto, la mayoría abrumadora de los protagonistas del recién conflicto reconocen que hace falta un "instrumento político" para la toma del poder estatal.

Si esto es la verdad, la prioridad en el próximo período tiene que ser la conformación de tal "instrumento político." Sin embargo, a mi modo de ver, dar prioridad a este proceso no excluye que haya candidaturas independientes en distintas localidades o regiones donde se juzga que haya buenas posibilidades para hacer propaganda a favor de la creación de un partido u organización revolucionario.

Tampoco excluye un eventual frente electoralista con el MAS al nivel nacional, si no existen posibilidades realistas de llevar a cabo una campaña independiente por falta del "instrumento político." En varios países la izquierda revolucionaria, en determinadas circunstancias, ha llamado a votar por un partido reformista mientras trabaja por la creación y la elaboración de un partido revolucionario.

La realidad es que los resultados electorales pueden animar o desmoralizar a la gente y, en todo caso, sirven para medir su conciencia y propensiones. La clave de todo esto, y lo sugiero con toda humildad, es la organización y la concientización tanto de las bases como desde las bases--es decir, no tener ilusiones en la vía electoralista al poder para los que sufren la explotación y opresión capitalistas.

Sólo un movimiento de masas puede llevar a "los de abajo" al poder; la revolución contra el gran capital no nos van a regalar los políticos que vagan por los pasillos del poder allá arriba. La tarea estratégica en esta coyuntura es obviamente la conformación de una organización revolucionaria de masas.

Cualquier táctica que pueda contribuir a llevar a cabo esa tarea debe ser utilizada. En el terreno electoralista, los peligros de perder de vista la prioridad de construir una alternativa revolucionaria son grandes. Tanto los militantes de base como los líderes mismos, sin embargo, tenemos todos que aprender como construir una organización revolucionaria al mismo tiempo en que se construye un movimiento social más amplio.

Mejor dicho, tenemos que aprender como construir una organización revolucionaria a través de nuestra participación en y nuestra elaboración de un movimiento más amplio. Y eso por una sola razón: una verdadera revolución contra el capitalismo y su estado sólo puede resultar de la acción directa de la mayoría de la sociedad, y no de una minoría que pretende actuar en su nombre.

En la presente coyuntura, la participación electoral, en forma independiente o en un frente único, puede ayudar a la construcción de tal instrumento, siempre que ésta sean considerada como un medio, y no un fin en si misma.

También contribuirá al crecimiento de los movimientos sociales en sí, y dará oportunidades para precisar las propuestas, y la visión de la sociedad pos-neoliberal, que tienen los distintos grupos que componen el movimiento social. Y de estos diálogos y debates vendrán los militantes que llegarán a conformar un verdadero "instrumento político" de los trabajadores y trabajadoras--indígenas, campesinos, urbanos, regulares, eventuales, y desempleados--de Bolivia.

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