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El reducido debate encubre el apoyo bipartidista al desarrollo del poder estadounidense
¿Están el Partido Demócrata con el movimiento contra la guerra?

Por Lance Selfa y Elizabeth Schulte | noviembre-diciembre de 2005

El 17 de noviembre, la conferencia de prensa ofrecida por el representante demócrata por Pennsylvania, John Murtha, fue cuando menos una llamada de atención a la clase dirigente de Washington lanzada por uno de los suyos. Estados Unidos "no puede conseguir militarmente nada más en Iraq", afirmó Murtha. "Ha llegado el momento de traer los soldados a casa".

A juzgar por el maltrato que le propinaron los indignados republicanos y los aplausos escuchados en círculos pacifistas se podría pensar que un político belicista había decidido convertirse en activista contra la guerra.

La recién elegida representante republicana por Ohio, Jean Schmidt, casi provocó una pelea en la Cámara de Representantes cuando acusó a Murtha, un condecorado veterano de guerra, de ser un cobarde.

Al mismo tiempo, Medea Benjamin, cofundadora del grupo pacifista Code Pink, en un artículo sobre las "10 razones para dar gracias" este año, encabezaba así a la lista: "Damos las gracias porque el congresista John Murtha se ha unido a nosotros y exige el fin de la ocupación de Iraq".

La batalla sobre la propuesta de Murtha, que ha continuado en los medios de comunicación y en las dependencias del propio Congreso, era una señal de que el extendido sentimiento contra la guerra existente fuera de Washington, al fin, había encontrado una voz en la política oficial, algo que no había ocurrido antes, a pesar de la desilusión y el descontento con la guerra cada vez mayores entre la gente de la calle. Por ejemplo, en una encuesta reciente de Gallup, la gestión de la guerra que lleva a cabo Bush sólo obtuvo el apoyo del 35 por ciento de la opinión pública.

Pero si ésta fuera la interpretación del debate que aceptan todos los pacifistas estaríamos perdiendo de vista el panorama completo, no sólo de las intenciones del propio Murtha sino de las del Partido Demócrata en general.

Retórica aparte, el texto de la propuesta de resolución del Congreso presentado por Murtha nunca usa la palabra "retirada", sino "re-despliegue" cuando se refiere a los planes para las tropas estadounidenses en Iraq.

Murtha es bien conocido como portavoz de ciertos sectores de la burocracia del Pentágono, y si un halcón como él dice que la guerra de Irak es imposible de ganar es porque hay sectores del ejército que lo creen también. Temen que una derrota inminente en Iraq dañe la máquina militar estadounidense y le impida llevar a cabo otras intervenciones imperialistas.

A pesar de las escasas motivaciones pacifistas de Murtha al presentar su resolución, los líderes demócratas se distanciaron de él. La líder de la minoría en la Cámara, Nancy Pelosi (demócrata por California) declaró que Murtha hablaba sólo en su nombre, y el senador John Kerry (demócrata por Massachussets) volvió a vender su proyecto para "un re-despliegue responsable" de Iraq.

Pero en una maniobra dirigida a poner en apuros a los demócratas, los republicanos se apresuraron a presentar una resolución alternativa a la de Murtha, en la que se exigía la inmediata retirada de Iraq de todas las fuerzas. La resolución republicana perdió la votación por 403 a 3.

Prácticamente, todos los liberales demócratas del Congreso, que alardean de estar al lado del movimiento contra la guerra, votaron contra una resolución que- cualesquiera que fueran las intenciones de los republicanos- proponía el común punto de acuerdo del movimiento, al menos en teoría: sacar a las tropas de Iraq ya.

Tristemente, muchas voces liberales de fuera del Congreso defendieron a los legisladores demócratas. Por ejemplo, los Progressive Democrats of America- que se auto consideran un grupo de presión de base para que los demócratas se opongan a la ocupación de Iraq-, emitieron una declaración apoyando a los demócratas que votaron contra la resolución de retirada- a la que calificaron como "una tentativa de engañar a los demócratas para que apoyaran la postura de 'largarse' al retirar las tropas estadounidenses".

Stephen Zunes, experto en Oriente Próximo y uno de los líderes intelectuales de los círculos pacifistas, fue incluso más allá, exigiendo al movimiento contra la guerra que apoyara la petición de Murtha de una fuerza de reacción rápida para evitar la victoria de la resistencia iraquí a la ocupación. "El movimiento pacifista tiene que estar abierto a una estrategia semejante", escribía Zunes, "en la medida en que da fin a la ocupación, cambia nuestra política por la diplomacia y crea una base común para la unión política en torno a la petición del congresista John Murtha, un marino retirado y leal partidario de los militares, que exige que Estados Unidos salga de Iraq 'tan pronto como sea posible'".

Todo esto podría desconcertar a los activistas contra la guerra. Los demócratas parecen incapaces de capitalizar la oportunidad de adoptar una auténtica posición contra la guerra que les ha ofrecido en bandeja un halcón de las operaciones bélicas en Iraq. Y mientras más estadounidenses que nunca están deseosos de oír un rotundo mensaje contra la guerra, las organizaciones y personalidades principales de la lucha pacifista se vuelven atrás y hablan de "estrategias de salida" y "retirada responsable".

El debate suscitado en Washington entre los republicanos y los demócratas no lo es entre quienes apoyan la guerra y quienes se oponen a ella. Es un debate entre los dos partidos de la clase dirigente que parten de la misma convicción : la de que hay que preservar los intereses mundiales y regionales de Estados Unidos, si bien disienten sobre las mejores estrategias para lograrlo.

Muchos de los demócratas que hoy critican a Bush por mentir sobre las informaciones antes de la guerra o se lamentan de los costes humanos y materiales del desastre en Iraq, fueron los que animaron a Bush sólo hace unos pocos años.

El periodista de Democracy Now, Jeremy Scahill, ha señalado su hipocresía en un reciente artículo. "Bush ordenó la invasión de Iraq pero no hubiera podido hacerlo sin los años de trabajo preliminar de Clinton y los demócratas", escribe Scahill. "Cuán irónico resulta escuchar a Clinton decir que la guerra era 'un grave error'. Es fácil oponerse a la guerra con un presidente como Bush en la Casa Blanca. ¿Dónde estaban esos demócratas cuando las bombas de Clinton caían sobre Iraq? ¿Dónde estaban cuando las sanciones de Clinton se dirigían a los más vulnerables? Muchos de ellos le apoyaban y apoyaban sus políticas exterminadoras de la misma manera que apoyaron a Bush cuando les pidió su consentimiento para usar la fuerza contra Iraq".

Durante la Administración Clinton, las sanciones económicas costaron la vida de más de un millón de iraquíes, y los bombardeos de los aviones estadounidenses se sucedían de forma periódica. La era Clinton facilitó el camino para una serie de políticas que ahora se conocen como la doctrina Bush. Por ejemplo, el "cambio de régimen" en Iraq que se convirtió en la política oficial estadounidense en el momento en que Clinton firmó la ley de liberación de Iraq en 1998.

Históricamente, los demócratas han sido responsables de los peores crímenes del imperialismo estadounidense.

Fue el demócrata Harry Truman quien ordenó el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki- no tanto para derrotar a Japón, que estaba a punto de rendirse, cuanto para advertir a la URSS del enorme poder de Estados Unidos al final de la II Guerra Mundial. Tal como el secretario de Estado de Truman, Henry Stimson, admitía "los japoneses estaban ya derrotados y a punto de rendirse".

En los años 60, fue el demócrata Lindon Johnson quien terminó el trabajo iniciado por su predecesor, John F. Kennedy, e intensificó la guerra de Vietnam. Es lo que siguió a la triunfal campaña presidencial de Johnson en 1964, en la que se le presentó como el "candidato de la paz", frente a su loco y bélico oponente republicano, Barry Goldwater. Quienes se oponían a la guerra de Vietnam aceptaron que Johnson sería el "mal menor" y le votaron. Johnson les pagó hundiendo más profundamente al país en una guerra de pesadilla.

Puede que los demócratas tengan pequeñas diferencias sobre cómo "hacer el trabajo"- el re-despliegue de los soldados, una mayor colaboración con las organizaciones internacionales como Naciones Unidas, la utilización de la tapadera del "humanitarismo"- pero su "trabajo" es el mismo que el de los republicanos.

Si la guerra de Iraq no se hubiera convertido en un desastre semejante y la resistencia iraquí frente a la ocupación no hubiera sido tan feroz, el actual debate en el Congreso, tal como se ha planteado, no hubiera tenido lugar. Por el contrario, los políticos de ambos partidos hubieran tratado de unirse a Bush y su aventura iraquí.

Pero cada vez con más sectores de la clase dominante preocupados porque la debacle iraquí está minando la capacidad de Estados Unidos para seguir adelante con su proyectos mundiales, los demócratas se ofrecen como nuevos gestores que pueden volver a colocar el tren imperial en la vía adecuada.

La ironía de todo ello radica en el hecho de que el Pentágono y la Administración Bush están preparando reducir las fuerzas estadounidenses en Iraq el próximo año y Bush lo presentará como si hubiera sido su plan desde siempre pero ello no significa que se ponga fin a la ocupación de la misma manera que no lo son las estrategias de salida que patrocinan los demócratas.

Confiar en el Partido Demócrata para poner las condiciones del debate es una mala propuesta para los activistas contra la guerra y el aplaudir las actitud de compromiso a medias de los demócratas sólo debilita al movimiento pacifista.

Si el movimiento contra la guerra quiere detener la ocupación, tenemos que organizar una oposición independiente de los demócratas y de sus cínicas maniobras. Tenemos que continuar exigiendo la inmediata y total retirada de todo el personal estadounidense en Iraq y en la región.

Esta traducción del artículo original, que apareció por primera vez en inglés en Socialist Worker, se puede encontrar en la página de Web de www.rebelion.org. Este artículo fue traducido para Rebelion.org por Felisa Sastre.

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