El Trumpezón de la derecha

Lance Selfa, autor de The Democrats: A Critical History, reseña qué nos muestra la victoria de Donald Trump sobre del partido de las corporaciones estadounidenses.

Donald Trump (Michael Vadon)

EN JUNIO 16 de 2015, Donald Trump y su comitiva descendieron una escalera mecánica en la Torre Trump de Nueva York, y allí, la multimillonaria estrella televisiva entregó su típicamente confuso y auto-adulatorio discurso anunciando su intención de correr por la nominación presidencial republicana.

En su perorata Trump declaró que los inmigrantes mexicanos "trafican drogas, traen crimen y son violadores...", y si puede juntar las tripas para leerlo en su totalidad, encontrará la lista completa de los temas que Trump abordaría, anticipando el tipo de campaña que montaría.

La gran pregunta entre los comentaristas era si Trump realmente quería ganar la nominación republicana. Después de todo, él ya había fingido campañas presidenciales antes. Además, su récord de apoyar y donar dinero a demócratas como Hillary Clinton convenció a muchos conservadores que era "demasiado liberal" para ganar una primaria republicana, y corría contra de un grupo de candidatos que incluían varios gobernadores y senadores populares entre la "base" del GOP.

Incluso si lideró las encuestas previas al inicio de las primarias en febrero, no estaba claro si Trump sería otro Patrick Buchanan o Michelle Bachman, es decir, un candidato dando expresión a una facción clave de la base del GOP que palidecería una vez que el establecimiento partidario y los grandes donantes se unieran en torno a uno de los favoritos.

Pero Trump no sólo ganó sobre sus oponentes. Él los insultó y denigró de forma sistemática, y luego los despachó, uno por uno.

En mayo, después de su victoria en Indiana, sus dos últimos oponentes el senador de Texas, Ted Cruz, y el gobernador de Ohio, John Kasich, tiraron la toalla. Trump terminó las primarias ese mes como el presunto candidato republicano, con casi mil delegados más que su más cercano oponente, Cruz.

En retrospectiva, es fácil decir que Trump era "inevitable" en 2016. Escribiendo en el New York Review of Books, los politólogos que han analizado las encuestas de opinión de los votantes republicanos encontraron que ninguno de los otros candidatos podría haber vencido a Trump en un duelo uno-a-uno.

Pero no debemos pasar por alto la serie de factores contingentes, desde el fracaso del establecimiento republicano de correctamente captar el estado de ánimo de los seguidores más fervientes del partido, a su fracaso para consolidarse detrás de un candidato, y al hecho de que las figuras emergentes del partido, como el Senador por Florida, Marco Rubio, y el gobernador de Wisconsin, Scott Walker, resultaron "no estar listas", todas las cuales ayudaron a propulsar a Trump.

Un renegado de su círculo íntimo, citado por Mark Danner en su reseña del libro de Trump, Crippled America: How To Make America Great Again, asegura que Trump planeaba "una candidatura de protesta" que ganaría más del 10 por ciento de los votos y quedaría en segundo lugar. La meta operativa era continuar construyendo la marca y celebridad de Trump.

Si vamos a hablar sobre inevitabilidad, hablemos de la inevitabilidad de que los republicanos nominaran a alguien como Trump (un "afuerino" al aparato del partido, corriendo en una plataforma "populista" o "anti-establecimiento", abiertamente nacionalista, xenófoba y anti-inmigrante), en función de la dirección política que el GOP ha tomado en las últimas décadas.

En perspectiva, podemos ver el Trumpismo como parte de un fenómeno mundial que se ha afianzado tras la Gran Recesión de 2007-08.

En un país tras otro, la recesión reforzó un giro derechista en la política oficialista. Desde hace mucho tiempo los partidos gobernantes, de la derecha moderada a los socialdemócratas, abrazaron la austeridad neoliberal, mientras que partidos de derecha "populistas" como el Frente Nacional en Francia y el Partido de la Libertad en Austria, culpando a los inmigrantes y los musulmanes por el deterioro del nivel de vida, se presentaron como oponentes a un corrupto estatus quo.

Pero si bien es útil entender el Trumpismo como parte de un fenómeno mundial, también hay que tratar de entender el contexto específicamente estadounidense en el que se desarrolla.

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De silbato canino a megáfono

Durante más de una generación, los republicanos han dependido del sólido apoyo basado en 20 estados del Sur, las Grandes Llanuras y las montañas del oeste. La trinidad republicana del conservadurismo de corte económico tributario, un Pentágono y un Estado de seguridad abultados, y el apoyo a cuestiones sociales conservadoras, como la oposición al aborto, generalmente mantuvo unidos los diversos grupos de interés y votantes republicanos.

Los republicanos construyeron una base para estas políticas utilizando un enfoque de "silbato canino" al racismo, como ha sido llamado, evitando la retórica abiertamente racista, pero utilizando códigos verbales racialmente teñidos en asuntos como las "drogas" y el "bienestar social".

En 1964, a pesar de haber sufrido la mayor derrota electoral en la historia de Estados Unidos, la campaña del republicano Barry Goldwater logró poner a prueba ese enfoque, corriendo en oposición a la Ley de Derechos Civiles de 1964 como una violación al derecho de la propiedad privada.

Aunque el electorado la rechazó abrumadoramente, los conservadores descubrieron que podían exaltar las pasiones de su base cuando hablaban no del derecho a la propiedad, sino de los así llamados temas "culturales", en particular con los sureños blancos abandonando el Partido Demócrata cuando el movimiento por los derechos civiles desafió el viejo orden.

Más tarde, Paul Weyrich, un líder de la Nueva Derecha de los años 1970 y 1980, explicó la estrategia: "Hablamos de temas que preocupan a la gente, como control de armas, aborto, impuestos y crimen. Sí, son asuntos emocionales, pero eso es mejor que hablar de la formación de capital".

Estos factores sociales hicieron posible a los políticos y activistas derechistas y pro-empresariales hacerse pasar por oponentes "populistas" al "gran gobierno" y la "élite liberal", en lugar de ser vistos como los esbirros del gran capital que son. Los líderes de la derecha estaban muy conscientes de ello. Como escribió Buchanan en 1977, "Si hay algún futuro político para nosotros, se habrá perdido si no dejamos de ser percibidos como los obedientes soldados de Fortune 500".

Hoy en día, pensamos en la Derecha Cristiana como el vehículo con el cual los conservadores montaron su oposición a los derechos de la mujer y los derechos de los homosexuales. Pero uno de los eventos fundamentales en la formación de la Derecha Cristiana en la década de 1970, dirigidos por los otrora ministros segregacionistas Jerry Falwell y Pat Robertson, fue una pelea contra el IRS para preservar la exención de impuestos para las escuelas cristianas, la mayoría de los cuales fueron fundadas como "academias blancas" tras la estela de la desegregación escolar.

Las posiciones políticas que la derecha regularmente promueven obtienen el apoyo de alrededor de un cuarto a un tercio del electorado estadounidense. El votante medio del GOP es una persona blanca, afluente y de mediana edad, más probable un hombre que una mujer, en un país que es cada vez menos afluente, menos blanco y menos religioso, y donde la mayoría de la población y el electorado son las mujeres.

Esa es una de las principales razones por la que los republicanos han perdido el voto popular en cinco de las últimas seis elecciones presidenciales, y por la que obtienen sus mayores logros políticos durante la más baja participación electoral de las elecciones de "medio término".

Los republicanos dependen en movilizar una "base" que está en mengua, lo que ha llevado a sus operadores políticos a convertir cada elección en un combate a muerte contra las fuerzas nefastas que quieren "deshacer" su versión idealizada de EE.UU. de la década de 1950.

En tal sentido, Trump, su principal rival Ted Cruz y muchos otros aspirantes en las primarias del GOP jugaron diferentes versiones de esta misma mano. Trump tuvo éxito porque abiertamente explotó dos fuentes eternas de la derecha estadounidense, el racismo y la xenofobia, y los utilizó no sólo para ganar votos, sino además para batir al establecimiento del GOP, tachándolos de "perdedores". Como Rick Perlstein, historiador de la derecha, lo puso, Trump convirtió el silbato canino en un megáfono.

Pero aunque Trump goza su imagen de fuerino y la utilizó contra sus rivales republicanos con gran efecto, él obtuvo la nominación presidencial republicana porque defendió posiciones que tienen apoyo mayoritario entre los republicanos más fieles que votan en las primarias del partido.

Según encuestas al electorado de las primarias, entre los que respaldaron a Trump, súper-mayorías de entre el 88 y el 95 por ciento apoyan sus propuestas más inflamatorias: detener la inmigración de musulmanes a EE.UU., construir un muro en la frontera con México, y deportar a los indocumentados. Pero estas posiciones también encontraron apoyo mayoritario, no menos del 63 por ciento, entre los votantes que apoyaron a los otros candidatos del GOP.

Con la victoria de Trump, el Partido Republicano ha cosechado lo que sembró, tras alimentar a sus partidarios más fieles con un flujo constante de absurdos sobre el nacimiento del presidente, los "paneles de la muerte" de Obamacare y otros similares, año tras año.

Este es el sucio secreto sobre la base republicana que la Gran Recesión dejó al descubierto. No sólo la devastación económica empujó a un sector de la clase media conservadora de abrazar la política derechista más extrema, sino que además la economía libremercadista les ha robado cada vez más. Así que para mantenerlos enganchados a su coalición, los republicanos amplificaron su "guerra cultural" y la extendieron más allá de las políticas liberales, como el derecho al aborto, hacia una defensa de lo que el historiador liberal Allan Lichtman llama una "nación protestante blanca".

A pesar de la especulación mediática, la base de Trump no es la "clase obrera blanca". En realidad, es una reencarnación del Tea Party del 2010, específicamente, en palabras de Kate Aronoff, escribiendo en Jacobin, "votantes que el movimiento [Tea Party] activó [que] son parciales a los candidatos que se oponen al establecimiento, y por lo tanto son muy receptivos a las apelaciones del multimillonario".

Estudios han demostrado que estos conservadores están menos preocupados con las panaceas del libre mercado, y más "preocupados por los cambios socioculturales en Estados Unidos, enojados y temerosos acerca de la inmigración, asustados por la presencia en la Casa Blanca de un liberal negro con un segundo nombre musulmán, y ferozmente opuestos a lo que ven como un "gasto social" en los pobres, las minorías y los jóvenes que está fuera de control", escribe el sociólogo político Theda Skocpol.

De hecho, Corey Lewandowski, director de la campaña de Trump, hasta que fue despedido esta semana después de haber sido acusado de agredir a una reportera durante las primarias, trabajó para Americanos por la Prosperidad, el grupo respaldado por hermanos Koch que proporcionó los fondos para muchos grupos del Tea Party.

Trump explotó las existentes líneas del GOP y se transformó su celebridad y astucia mediática en una candidatura presidencial. Y una vez que aseguró la nominación, decenas de políticos republicanos, incluyendo los que habían jurado no apoyarlo, se subieron al tren.

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Noviembre y después

Durante este mes y el pasado, el periodo crucial previo a la convención del Partido Republicano en julio, en Cleveland, Trump ha ido perdiendo terreno.

Su ataque racista a un juez federal méxico-americano y su redoble llamando a prohibir la inmigración musulmana, a raíz de la masacre en Orlando, ha indignado a cualquiera que ya no sea un dedicado partidario.

Trump no tiene suficiente infraestructura de campaña y parece indiferente a construir una. Él parece suponer que la misma estrategia que le ganó las primarias del GOP, donde el público estaba compuesto por los regulares del partido, y donde explotó la fascinación de los medios con él y su campaña, puede ser aplicada al mucho más diverso, política y racialmente, electorado presidencial.

Con el índice de des-favorabilidad de Trump llegando a un sin precedentes 70 por ciento, en una encuesta del Washington Post/ABC News, la evidencia muestra claramente que él está en problemas. Incluso el 55 por ciento los blancos sin un título universitario, supuestamente sus principales partidarios, lo ven desfavorablemente, según la encuesta.

Ante esto, muchos líderes republicanos parecen estar teniendo remordimiento acerca de renunciar a intentar bloquear su nominación. Aun con sus problemas, Trump dio esperanza a algunos republicanos que podría poner Estados con tendencia demócrata, como Michigan y Pensilvania, en juego para el GOP. Pero esa perspectiva parece cada vez más inverosímil, y los principales políticos que respaldaron Trump ahora se preguntan si están empachados con un candidato "inelegible".

Esto alimentará rumores de varios intentos de golpe para que la convención republicana elija a otra persona para encabezar la fórmula presidencial. Pero si los precedentes históricos son valederos, estos chanchullos van a fracasar, y Trump será el candidato republicano.

A pesar del largo y extraño viaje de la campaña electoral de 2016, desde que comenzó hace más de un año, el voto presidencial de noviembre se perfila a ser el mismo de siempre, predominantemente una elección entre el "mal menor" (Clinton) y el "mal mayor "(Trump).

Los partidarios de Clinton harán todo lo posible para presentar un voto por Clinton como un voto para salvar la república de la barbarie "fascista" de Trump. Puesta de esta manera, entre "fascismo" y "democracia", cualquiera que se oponga a Clinton sobre la base de sus lazos con Wall Street o su disposición imperialista, entre otras cosas, será sujeto a una formidable presión a olvidar sus objeciones o, al menos, a guardar silencio.

La marea "mal-menorista" - el argumento para votar por el mal menor demócrata para detener el mal mayor republicano - será enorme.

Clinton utilizó su discurso sobre política exterior, el mes pasado, para irse en picada contra Trump, contrastando su mano firme y experiencia contra la inmadurez e inestabilidad de Trump, quien no debiera ser confiado con el arsenal nuclear de Estados Unidos.

El truco no es nuevo. El presidente Lyndon Johnson ganó la elección de 1964 contra Barry Goldwater exitosamente convenciendo a los votantes, incluyendo a muchos "republicanos moderados", que su oponente era un peligroso - y posiblemente inestable - belicista. Mientras tanto, Johnson preparaba en secreto la masiva escalada de la intervención de Estados Unidos en Vietnam, que llegó a dominar la política de la próxima década.

El socialista estadounidense Hal Draper, en su clásico artículo "¿Quién será el mal menor en 1968?" explicó la lección de esa elección:

En 1964, todo aquel que se convenció de que Lyndon Johnson era el mal menor, frente a Goldwater ... [ahora] se han dado cuenta de que el zapato estaba en el otro pie; y se auto-laceran con la idea de que el hombre por el que votaron "en realidad llevó a cabo la política de Goldwater". ... ¿Quién era realmente el mal menor en 1964? El punto es que la pregunta misma es el desastre, no es la respuesta. Cuando la opción es entre un político capitalista y otro, la derrota viene en aceptar la limitación a esta elección.

Este es el contexto en el que debemos entender la campaña de Clinton. Ella va a mantener el foco en el desastre que caería sobre el país si el racista y estafador llegara a la Oficina Oval. Mientras tanto, ella va a asegurar a las mesas corporativas y al Pentágono que tiene la intención de trazar un rumbo constante. Ella no moverá la política de Estados Unidos en una dirección fundamentalmente diferente.

Esa defensa demócrata del estatus quo es lo que permite a los personajes como Trump hacerse pasar por afuerinos "populistas".

Con la perspectiva probable de que la próxima administración enfrentará una recesión a principios de su mandato, la Casa Blanca llevará a cabo políticas que decrecen aún más del nivel de vida de millones de personas.

Si los sindicatos y las organizaciones liberales que hoy se movilizan por "cualquiera otro que Trump" se niegan a desafiar a los demócratas en el cargo, el fenómeno Trump puede ser una señal de que lo peor está por venir.

Traducido por Orlando Sepúlveda