De la magia y la memoria

May 28, 2014

Mike González mira a lo que hizo la obra de Gabriel García Márquez tan influyente.

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ murió a los 87 años de edad, en abril. Su nombre es reconocido a nivel mundial, incluso antes de que hubiera ganado el Premio Nobel de Literatura en 1982. Su obra maestra, Cien años de soledad, fue traducida a 20 idiomas sólo un par de años después de su publicación en 1967. Su periodismo, y sus cuentos y novelas captaron al público internacional. Sin embargo, él seguía siendo inequívocamente latinoamericano --y, más concreta y reconociblemente, colombiano.

No son simplemente los escenarios --la sierra andina y las densas selvas tropicales, las ciudades portuarias caóticas y las plantaciones de la costa-- los que empapan lo latinoamericano en la obra de García Márquez. Tampoco es simplemente el elenco de personajes extravagantes viajando a través de sus páginas, llenas de energía sexual, conocedoras de los secretos indígena del pasado rural, portadoras de un sinfín de cuentos y curas tradicionales, alcaldes rimbombantes y autoproclamados líderes militares. Más que nada, fue su reflejo de la experiencia compartida por todo latinoamericano, capturada en el hermoso título de su más grande novela.

Gabriel García Márquez

Los libros de García Márquez componen una sola historia y una sola crónica. Pero las dos no son la misma. La Historia es el narrativo oficial de ese continente, escrita, impresa y sellada con la autoridad colonial. Al mismo tiempo, escondida detrás de la grandeza de la Palabra, existían las mayorías de ese continente, a menudo analfabetas, ignoradas, esclavizadas por la versión oficial de los hechos de la historia escrita por los colonizadores que los habían hecho invisibles.

Pero ellos no eran ni tontos ni mudos. Tenían su propia historia que contar, su propia experiencia que compartir, y un lenguaje para expresarla y preservarla. Era una sola historia en una sola cronología, donde el conocimiento y el sufrimiento se guardaron y transmitieron por medios de ritos y mitos dentro de una cultura oral, fácilmente despreciada como superstición por los guardianes de la Palabra.

En los escritos de García Márquez, estas dos historias, estas culturas paralelas, se unen en una narrativa que él llamó "realismo mágico". La idea fue recogida con entusiasmo por escritores occidentales que "descubrían" estos continentes "mudos" de África, Asia y América Latina por "primera vez".

Pero ellos no entendieron la magia como Márquez la entendió. Para el celebrado autor, la magia no era la superstición primitiva, sino la memoria popular que retiene y absorbe su propia historia, vuelve a contarla en un marco distinto, en los que las opresiones cotidianas son dejadas a un lado y la historia es relatada por el imaginario colectivo.

6 de diciembre de 1928: Una huelga en una plantación bananera en Colombia, propiedad de una multinacional, brutalmente aplastada dejando cientos de muertos. La prensa no publicó ningún reportaje. Los mártires de la causa de los trabajadores fueron simplemente dejados fuera de la historia. Pero las comunidades de donde ellos provinieron no los olvidaron, y la masacre fue contada y recontada en canciones folclóricas y en la tradición oral. Yo estaba en México en 1969, un año después de la masacre de 500 estudiantes en una protesta en el centro de la capital. Los oficiales mexicanos desmintieron los asesinatos. Sin embargo, los caídos sobreviven en la memoria popular.

30 de abril de 1970: Las madres de los revolucionarios asesinados por el régimen militar, llevando fotografías de sus hijos colgando de sus cuellos, marchan frente al palacio presidencial. Sus pañuelos blancos se convierten en un símbolo de una lucha continental contra la impunidad: una esperanza, una afirmación de que el curso de la historia se puede cambiar y una historia diferente se puede escribir.


NACIDO EN 1928, García Márquez creció en la maravillosamente nombrada ciudad de Aracataca (¡sólo dila!), donde los campesinos bajaban de las colinas para esperar el tren. Él recuerda un sinnúmero de historias contadas por su abuela, mirándola inventar remedios a base de hierbas que vinieron de tiempos antepasados.

Aracataca se convirtió en la comunidad de Macondo, la América Latina alternativa que es el escenario de todas sus novelas. Somos testigos de su fundación en Cien años de soledad bajo la dirección del coronel José Arcadio Buendía, quien quiere establecer una comunidad allí basada en una especie de Jardín del Edén.

Pero, ¿a dónde está? El destacamento del coronel busca al este, al sur, al norte, al oeste, pero no hay ruta hacia el resto del mundo. En cambio, ese otro mundo llega de maneras extrañas e inesperadas --hielo, dientes falsos, un tren-- tan inesperadas como son inexplicable. Son productos de otras historias, otros acontecimientos, y otras transformaciones en las que Macondo nunca ha participado. Ese es el origen de su soledad, su aislamiento del curso de la historia, y es la razón por la que experimenta el cambio como algo mágico. Es una fuente de comedia. Y es una fuente de tragedia, también.

La compañía bananera llega en la novela corta La hojarasca, como si fuera conjurada de la nada. Construye su campamento cercado, explota a la población local, prostituye sus niñas, e igual como aparece, repentinamente desaparece dejando sólo la destrucción a su paso. La modernidad ha ido y venido, sin dejar nada. Los plátanos, el petróleo, el estaño, el oro, la plata, el cobre, el yute, los nitratos.

La primera novela de García Márquez, publicado en 1961, es la maravillosa pieza corta El coronel no tiene quien le escriba. El coronel y su esposa Ursula viven en la pobreza, mientras espera que su pensión de guerra llegue. Nunca llega. La práctica Ursula insiste en vender su gallo de pelea --su única posesión de valor-- para comprar alimentos. El coronel, siempre soñador, rechaza la idea, seguro de que su gallo va a ganar algún día.

"La ilusión no se come", le dice Ursula. "No", responde el coronel: "No se come, pero alimenta." Una y otra vez, los sueños e ilusiones sostienen a los personajes de García Márquez --en su búsqueda del amor, en su fuga de la prisión de la soledad, y en su rechazo a aceptar un destino anunciado. Ese es el material para su lenguaje hermoso y mágico. Como dijo en su discurso al aceptar el Premio Nobel:

Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió parecer una utopía, los inventores de fábulas, que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin, y para siempre, una segunda oportunidad sobre la tierra.

Publicado primero en Revolutionary Socialism in the 21st Century. Traducido por Lance Selfa.

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