La caída del PT, en diez puntos

La destitución de la presidenta Dilma Rousseff, el 31 de agosto, terminó con 13 años de gobierno de centro izquierda del Partido de los Trabajadores (PT). En los últimos meses, Michel Temer, Quien asumió el cargo después de Rousseff, ha implementado medidas austeridad y ha logrado canalizar el enojo generalizado de la población en la supuesta corrupción de Rousseff.

Emergido tras una ola de huelgas masivas a finales de los años 70, el PT y su famoso líder obrero Luiz Inácio "Lula" da Silva fueron vistos como campeones políticos de la clase obrera brasileña. Pero el PT ya estaba burocratizado cuando Lula ganó la presidencia en 2002, y después de un auge de exportaciones agrícolas y mineras, el PT se halló atrapado en una espiral descendente. Cuando Rousseff comenzaba su segundo mandato en 2014, el liderazgo del PT redobló su asociación con la elite política gobernante de Brasil, pero luego del auge ésta se volvió en su contra, mientras la desilusión de su base obrera crecía.

Las elecciones municipales de octubre demostraron el alcance del descalabro. El PT perdió el control de casi todos sus principales gobiernos municipales previamente obtenidos en 2012. En San Pablo, el millonario derechista João Doria, del mal llamado Partido Social Democracia Brasilera, aplastó al candidato del PT y en Río de Janeiro el alcalde petista Eduardo Paes, quien ya llevaba dos términos, ni siquiera llegó a la segunda vuelta contra el eventual vencedor, Marcelo Crivella, un evangélico derechista. La buena noticia para la izquierda fue que Marcelo Freixo, del izquierdista Partido por el Socialismo y la Libertad (PSOL), llegó a la segunda vuelta y ganó más del 40 por ciento de los votos.

Valério Arcary, un activista socialista de larga trayectoria en Brasil y miembro destacado del recién formado Movimiento por una Alternativa Independiente y Socialista, explica en su artículo "Diez hipótesis de interpretación del fin del ciclo histórico del petismo", escrito para la revista brasileña Caros Amigos, cómo el tan poderoso Partido de los Trabajadores llegó a esta encrucijada y señala el prospecto para el nacimiento de una nueva izquierda en Brasil.

"No dejes que tus recuerdos pesen más que tus esperanzas".
--Proverbio persa

Dilma Rousseff and Luiz Inácio Lula da Silva at a Workers' Party convention (Valter Campanato | Agencia Brasil)

1. Pensar en el futuro de la izquierda, después de la destitución de Rousseff y del desmoronamiento de la influencia del lulismo en la clase trabajadora, exige una perspectiva histórica. Un ciclo político de casi cuatro décadas terminó con dos derrotas que, aunque casi simultánea, merecen ser analizadas por separado, debido a que tienen un significado, proporciones y direcciones casi opuestas.

La primera es la derrota política del núcleo de dirección del PT ante su base social, confirmada en las últimas elecciones municipales. La más importante, sin embargo, fue la reversión desfavorable de la relación de las fuerzas sociales que permitieron la posesión de Michel Temer y una amplia coalición, ofreciendo su apoyo a los planes de austeridad dirigidos por (el Ministro de Hacienda Henrique) Meirelles.

Se engañan a sí mismos, de manera espectacular, tanto los que consideran que ambas fueron regresivas, así como los que ven ambas como progresistas. Los errores de evaluación estratégica tienen diferentes consecuencias a los errores tácticos. La historia nos ha dejado lecciones irrebatibles.

2. A lo largo de este ciclo histórico se produjeron muchas fluctuaciones en la relación de fuerzas entre las clases, algunas favorables, otras desfavorables para los trabajadores y sus aliados. He aquí un esbozo cronológico:

(a) Un ascenso de las luchas proletarias y estudiantiles tuvo lugar entre 1978 a 1981, seguido por una frágil estabilización, entre 1981 y 1984, después de la derrota de la huelga de ABC, cuando una nueva ola se apoderó de la nación con la campaña para (Elecciones) Directas Ya, y selló el fin negociado de la dictadura militar;

(b) una nueva estabilización entre 1985 a 1986 con el gobierno de Tancredo (Neves) y (José) Sarney, y el Plan Cruzado, antes de un nuevo auge de las movilizaciones populares contra la hiperinflación que llevó la campaña electoral de Lula a la segunda vuelta en 1989;

(c) hubo un breve hiato a las luchas con las expectativas generadas por el Plan (Fernando) Collor (de Mello), y una nueva ola de movilizaciones desde mayo de 1992, impulsada por el desempleo y, ahora, la hiperinflación que culminó con la campaña Fuera Collor;

(d) siguió una estabilización mucho más duradera con la posesión de Itamar (Franco) y el Plan Real, y un giro desfavorable hacia una situación defensiva detrás la derrota de la huelga petrolera en 1995;

(e) luchas de resistencia entre 1995 y 1999 y la reanudación de la capacidad de movilización que surgió en agosto de ese año, con la manifestación de cien mil personas demandando Fuera FHC (presidente Fernando Henrique Cardoso), interrumpida por la expectativa de una victoria en el horizonte electoral del PT y la Central Única de Trabajadores (CUT), en 2002, que requeriría una política de alianzas que un contexto de radicalización social haría imposible;

(f) luego vino una larga estabilización social durante los diez años de gobiernos de colaboración de clases, entre 2003 y junio de 2013, cuando una explosión de espontáneas protestas populares trajo millones a las calles, un proceso detenido en la primera mitad de 2014;

(g) por último, un revés muy desfavorable con la gigante movilización reaccionaria de la clase media, inflada por las denuncias del caso (de corrupción gubernamental) Lavajato entre marzo de 2015 y de marzo de 2016, cuando algunos millones rindieron el necesario apoyo para el golpe de estado legal y parlamentario que derrocó a Dilma Rousseff, culminando el ciclo histórico.

3. Este ciclo fue, sin embargo, una etapa tardía de la acelerada transformación del Brasil agrario en una sociedad urbana; la transición de la dictadura militar a un régimen democrático-electoral; y la historia del origen, ascensión, apogeo y declive de la influencia del petismo, luego transfigurado en lulismo, sobre los trabajadores.

A lo largo de estos tres procesos, la clase dominante consiguió, "en saltos y tropiezos" evitar la apertura de una situación revolucionaria en Brasil como las que ocurrieron en Argentina, Venezuela y Bolivia, aunque en más de una oportunidad, se abrieron situaciones pre-revolucionarias que fueron hábilmente bloqueadas y eludidas, recuperando la gobernabilidad.

4. La elección, en 2002, de un presidente con origen social en la clase obrera en un país capitalista semi-periférico, como Brasil, fue un evento inusual. Pero no fue una sorpresa. El PT ya no inquietaba a la clase dominante, como en 1989. Un balance de estos trece años parece irrefutable: el capitalismo brasileño nunca estuvo amenazado por los gobiernos del PT.

Los gobiernos del PT fueron gobiernos de colaboración de clases, favoreciendo algunas reformas progresivas, como la reducción del desempleo, el aumento del salario mínimo, la Bolsa Familia, y la expansión de las universidades e institutos federales. Pero más se beneficiaron los ricos, manteniendo intacto hasta 2011 el trípode macroeconómico liberal: un superávit primario por encima del 3 por ciento del PIB garantizado, una tasa de cambio variable de alrededor de R$2,00 por dólar y el control de la inflación objetiva por debajo 6,5 por ciento anual.

No debe sorprender el silencio de la oposición burguesa, y el abierto apoyo público de los banqueros, los industriales, los propietarios y los inversores extranjeros, mientras que la situación externa fue favorable. Cuando llegó, en 2011 y 2012, el impacto de la crisis internacional abierta en 2008, el apoyo incondicional de la clase dominante se fracturó.

5. Por eso, aunque Brasil sea menos pobre e ignorante que hace diez años, no es menos injusto. El balance histórico es devastador: el liderazgo lulista si se dejó transformar en presa del caso Lavajato, desmoralizándose en frente de la clase obrera y la juventud, y entregándose a las clases medias enfurecidas manipuladas por el poder de la Avenida Paulista (locación del poder financiero en Brasil), allanando así el camino para el gobierno ultra-reaccionario de Temer. No fue por esto lo que una generación entera tanto luchó.

La prominencia de Lula fue una expresión de la grandeza social del proletariado brasileño y, paradójicamente, de su sencillez e inocencia política. Lula conquistó, entre 1978 y 1989, la confianza de la gran mayoría de la vanguardia obrera y popular por su valiente rol al frente de las huelgas.

Hablamos de una clase obrera joven y con poca educación, recientemente dislocada de los miserables confines de las regiones más pobres, sin experiencia anterior en la lucha sindical y sin tradición de organización política independiente, sin embargo, concentrada en diez grandes áreas metropolitanas y en los sectores más organizados, con una indomable voluntad de lucha.

La ilusión reformista de que era posible cambiar la sociedad sin un gran choque, sin una ruptura con la clase dominante, era dominante y la estrategia de "Lula allá" (en la presidencia) moldeó las expectativas de toda una generación.

6. La clase obrera no fue capaz de mantener el control sobre sus organizaciones y sus líderes, después del revés de la relación de fuerzas entre las clases en 1995, tras la victoria electoral de Fernando Henrique Cardoso, estampada por el Plan Real, y la terrible derrota de la huelga petrolera. Sin vigilancia, el aparato burocrático de los sindicatos creció monstruosamente, y el aparato PT se adaptó electoralmente al régimen, y se hizo irreconocible.

El PT ya había demostrado en los municipios, los gobiernos estatales y el Congreso Nacional, que era la oposición al gobierno de turno, pero no era enemigo del sistema democrático liberal de tipo presidencial que surgió después de 1985. Ni siquiera era enemigo irreconciliable del estatuto de reelección, una deformación antirrepublicana y, especialmente, reaccionaria.

La burguesía ya admitía, desde 1994, que el PT podría ser un partido de alternancia, disponible para ejercer el gobierno en un momento de crisis económica y social más grave. Lula y Zé Dirceu asumieron, públicamente y más de una vez, compromisos con la gobernabilidad de las instituciones, ejerciendo presiones sobre los movimientos sociales bajo su influencia. Lula no fue una improvisación, como Kirchner. Lula no fue una sorpresa, como Evo Morales. Lula nunca fue considerado un enemigo, como Hugo Chávez.

7. Es necesario distinguir lo que fueron los gobiernos del PT, las percepciones y las ilusiones que favorecen a Lula en las encuestas para las elecciones del 2018.

El crecimiento económico entre 2004 y 2008, interrumpido en 2009, se recuperó con exuberancia en 2010, aunque fue menor al crecimiento promedio de los países vecinos. Sin embargo, la inflación también fue menor. Desde 2011, Dilma Rousseff presidió sobre un estancamiento económico y un retorno a la producción de materia primas en Brasil.

Medidas contra cíclicas fueron en vano. Probamos un poco de todo: reducción de la tasa Selic a préstamos interbancarios; reducción al interés de créditos del Banco Nacional de Desarrollo para obras de los principales contratistas del Programa de Aceleración del Crecimiento--hidroeléctrica en el Amazonas, la refinería Abreu, Lima y Comperj, sondeo de exploración petroleras en capas pre-sal (petróleo atrapado en profundas capas geológicas) -; exención de impuestos; la generosa privatización de los aeropuertos; nuevas y ambiciosas asociaciones públicas y privadas, tales como estadios y aeropuertos; redoblados favoritismo y garantías a la inversión extranjera; señalización nuevas reformas laborales y de seguridad social.

Aun así, la burguesía lenta y vacilantemente se movía hacia la oposición.

8. Las claves para explicar del éxito popular de los gobiernos del PT--hasta que Dilma tomó el programa del Partido Social Democracia Brasilera y rompió con la base social del lulismo, en 2015--son: la reducción del desempleo a las tasas a menos de la mitad de los que el país tuvo a lo largo de los años 90; la recuperación del salario medio, que en 2011 alcanzó el valor de 1990; el aumento de la movilidad social, tanto de distribución personal como la distribución del ingreso, aunque volviendo sólo a los niveles de 1990, que fueron escandalosamente injustos; un aumento real del salario mínimo por encima de la inflación; y la extensión de los beneficios de Bolsa Familia.

El del PT fue un gobierno casi sin reformas progresistas y muchas reformas reaccionarias, pero con una mayor gobernabilidad que el de sus predecesores.

Pero diez años no han pasado en vano. Una reorganización sindical y la política a la izquierda del gobierno y de antiguas organizaciones como la CUT y el PT comenzaron, aunque el proceso ha sido lento. El fortalecimiento inequívoco del Partido por el Socialismo y la Liberación (PSOL) en las elecciones de 2016 indica qué puede estar por venir, aunque aún está en disputa.

9. Algo fundamental cambió en 2016 y volcó la relación de fuerzas sociales. Las manifestaciones en la Avenida Paulista, a partir de marzo del año 2015, dieron visibilidad a núcleos casi subterráneos, y muy divididos entre sí, de una derecha errática; lograron poner en movimiento, en una escala de millones, sectores de clase media e incluso populares, aunque minoritarios y predominantemente articulado de sectas evangélicas; y remolcó a la derecha institucional detrás de sí.

Se abrió en Brasil una situación defensiva, desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores. El juicio de Lula será tan político como el de Rousseff. Cualquier ilusión en la neutralidad de Lavajato será fatal. Por tanto, lo presumible es que él va a ser condenado y no podrá competir en 2018. Además, es poco probable que sea posible encender la clase obrera a salir a la calle contra la condena de Lula, si no fue posible movilizarla a tratar de detener la destitución.

Sin embargo, nadie en la izquierda debe permanecer neutral frente a la maniobra política legal que intenta evitar que Lula pueda ser candidato. Esta operación es una continuación de la ofensiva que comenzó en marzo de 2015 y culminó con la destitución de Dilma Rousseff.

Sólo podemos criticar al PT antes los trabajadores, haciendo un balance de sus trece años en el gobierno, si tenemos la grandeza de defender a Lula contra el ataque de nuestros enemigos de clase.

10. La izquierda sindical combativa, los partidos de la izquierda socialista, en fin, todas las organizaciones revolucionarias, aunque por desgracia fragmentadas, pero con un importante foro para el diálogo con los jóvenes y los sectores más organizados de los trabajadores, no deben apoyar una candidatura del PT en 2018, sea quien sea el candidato.

Es posible construir una alternativa en las luchas y las elecciones. Es posible superar la etapa de las divisiones, y abrir una reorganización con unificaciones y bloques. Se ha demostrado en Río de Janeiro con la espectacular movilización de una nueva militancia alcanzada alrededor de Marcelo Freixo.

Se dijo que por la crisis petismo, la desmoralización sería tan grande que tendríamos que esperar una generación, veinticinco o treinta años, para que una alternativa a la izquierda del lulismo pudiera influenciar a los trabajadores. Este fue el argumento más repetido en contra de la izquierda anticapitalista. Se redujo a un lamento: no sirve tener estar en razón cuando criticamos a los gobiernos del PT, sino podemos salir de la condición de minoría.

Una respuesta a esto no es difícil: Sí, se puede, pero con una gran condición previa. Sólo podrá ocurrir cuando se levante una ola de lucha en el movimiento de los trabajadores y de la juventud. Las propuestas anti-anticapitalistas sólo ganan influencia de masas en situaciones revolucionarias, o al menos transitoria.

Entretanto, una avalancha ya ha comenzado. La ruptura con el petismo no es algo para un futuro incierto. Son muchos millones de personas los que ya rompieron. Es todo un gran sector de la generación más joven de la clase obrera que ya perdió la esperanza en el lulismo. Lo que es viejo, podrido, corrompido necesita ser desplazado para abrir el camino.

Resulta que el ritmo de los dos procesos no es el mismo: la ruina de la influencia del petismo ha sido más rápida que la construcción de nuevos instrumentos para de lucha. La pregunta es si los que rompen con el lulismo encontrar o no, fuera del PT y en oposición irreconciliable al gobierno de Temer, un polo de izquierda unido y suficientemente fuerte como para ser un punto de apoyo para la defensa de sus intereses.

Traducido por Orlando Sepúlveda