La trampa trumponómica

Lee Sustar da una mirada a las prioridades pro-negocios detrás del plan de Trump.

Donald Trump after a transition team meeting inside Trump Tower

CÉLEBREMENTE, DONALD Trump rompió con la ortodoxia republicana cuando criticó los tratados de libre comercio y prometió ser un adalid de los trabajadores manufactureros, sin embargo, la médula de su política económica está diseñada para favorecer a los multimillonarios y ex generales que dominan su gabinete.

No sería difícil para Trump acelerar la economía: rebajando los impuestos e incrementando el gasto público en infraestructura y en defensa. Esto podría incluso provocar una reindustrialización de la economía de EE.UU., combinando una rebaja al impuesto corporativo con forcejeo político, como lo hizo con una planta de Carrier en Indiana, consiguiendo salvar 800 empleos.

Trump y su séquito, junto a un sector de la burguesía y algunos altos funcionarios y ex funcionarios del Pentágono, han concluido que para mantener del poder económico y político de los Estados Unidos es necesario un resurgimiento de la manufactura nacional.

Pero su amplio programa desregulador, privatizador y de recortes al gasto público - incluyendo la derogación de Obamacare--tendrán el efecto de reducir el nivel de vida de la clase obrera. Además, es poco probable que cualquier crecimiento creado por estas políticas revierta la tendencia general hacia el estancamiento económico, a nivel nacional y mundial.

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EN UN comentario para el Financial Times, el arquitecto de la política económica neoliberal de la administración Clinton, Lawrence Summers, escribió que, la propuesta de Trump para hacer enormes recortes a los impuestos corporativos y a los ingresos, "masivamente favorecerá al 1 por ciento con ingresos más ricos, amenazará un aumento explosivo de la deuda federal, complicará el código tributario, y hará poco o nada para estimular el crecimiento".

Así, Trump nos trae de retorno al ya conocido, y para nada extrañado, "vudú económico" republicano. Bajo su plan, aquellos con los ingresos más altos están prestos para ganar un estimado de 215.000 dólares al año en feriados impositivos, mientras que aquellos con ingresos medianos y bajos, quienes por necesidad pondrían su parte a recircular en la economía, recibirían sólo unos 2.000 dólares al año.

En infraestructura, Trump planea gastar un billón de dólares, pero esto es insuficiente. Como Neil Loehlein señaló en SocialistWorker.org, el monto necesario para sólo reconstruir la infraestructura existente es más de tres veces esa cifra. Y gran parte del plan Trump está basado en incentivos fiscales para las corporaciones privadas, en lugar de un gasto directo del gobierno para crear puestos de trabajo.

Este es el tipo de tratos, con retornos garantizados, que Wall Street adora financiar. Por eso no es casualidad que el ex banquero de Goldman Sachs, Steven Mnuchin, se convierta en el nuevo Secretario del Tesoro, mientras que el ejecutivo número dos de Goldman, Gary Cohn, dejará el conglomerado para dirigir el Consejo Nacional Económico de Trump.

En cualquier caso, un gran estímulo en la infraestructura no garantiza un crecimiento económico general. El enorme gasto del gobierno japonés en carreteras y puentes no ha compensado el fracaso de las corporaciones japonesas en invertir.

Medidas proteccionistas que deshagan las políticas de libre comercio, una pieza central de las promesas de Trump, si podrían tener éxito en crear algunos empleos industriales en empresas atraídas por los incentivos fiscales, las flojas regulaciones y las leyes anti-laborales, modeladas en aquellas impuestas recientemente en otrora bastiones sindicales como Indiana, Michigan y Wisconsin. Pero estos trabajos, si se materializan, casi con seguridad no serán el tipo de trabajo decentemente pagados que caracterizó a esos estados hace 30 o 40 años.

Pero los asesores políticos de Trump, como Steve Bannon, calculan que cualquier creación de empleo conduciría al triunfo en una campaña de reelección en el año 2020. Como Bannon, ex jefe del abiertamente racista Breitbart News, dijo a un escritor de The Hollywood Reporter:

Como el populismo de [Andrew] Jackson, vamos a construir un movimiento político totalmente nuevo. Todo tiene que ver con empleos. Los conservadores se van a volver locos. Empujamos por un plan billonario de infraestructura. Con tasas de interés negativas en todo el mundo, es la mejor oportunidad para reconstruir todo. Astilleros, ferreterías, los vamos a acelerar. Los tiramos a la pared, y a ver si pegan. Será tan emocionante como la década de 1930, mayor que la revolución de Reagan; conservadores y populistas en un movimiento nacionalista económico.

Por supuesto, una cosa es que un demagogo como Bannon proclame "reconstruir todo" y otra muy distinta es imaginar a Wall Street o al liderazgo republicano en el Congreso asumir ese programa.

Esto es lo esencial a entender sobre la política económica de Trump--su tramposa trumponomía: La administración Trump se está llenando de personeros que, al menos en asuntos cruciales, discrepan el uno con el otro, y a veces amargamente. Qué facción ganará, y en qué términos, es imposible decir de antemano.

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El MENSAJE de Breibart sobre la creación de empleos y el impulso manufacturero fue parte del apelo que la campaña Trump tuvo entre un número sustancial de votos obreros en el Medio Oeste industrial de los Estados Unidos.

Íntimamente conectado con la creación de empleos estuvo el tema del intercambio comercial, especialmente con China. Los empleos en las fábricas estadounidenses están siendo perdidos, dijo Trump, porque China mantiene el valor de su moneda, el yuan, artificialmente bajo. Trump también culpó al TLCAN (o NAFTA), el tratado de libre comercio de Estados Unidos con Canadá y México, por la pérdida de empleos industriales.

Sin embargo, vale la pena recordar que en el 2012 el candidato presidencial republicano Mitt Romney también declaró que, de ser elegido, calificaría a China como un "manipulador de la moneda" y tendría mano dura en el comercio.

Barack Obama hizo promesas similares en su primera candidatura a la presidencia en 2008, e incluso habló de renegociar el TLCAN, aunque un asesor de Obama dijo en privado a los funcionarios canadienses que Obama no tenía, en realidad, la intención de hacerlo. Era sólo una promesa de campaña destinada a romperse.

Trump, talvez, si intente tomar acción contra China. A pesar de que su propio provecho abasteciendo la marca Trump en China, el presidente entrante habla por una facción del mundo empresarial y del aparato de seguridad nacional que exige más políticas de contención al ascenso económico y militar de China en el mundo.

Este enfoque no es totalmente nuevo. La política de la administración Obama de "pivotear hacia Asia" estuvo destinada a cercar el creciente poder de China mediante el fortalecimiento de las alianzas militares de Estados Unidos en la región y la negociación del acuerdo comercial Asociación Transpacífica (TPP, por sus siglas en inglés), excluyendo a China.

Desde el punto de vista de las corporaciones estadounidenses, el TPP ofrece un gran provecho al permitir aún más la deslocalización laboral para reduciría los costos, mientras salvaguarda la propiedad intelectual y las patentes, afianzando su control del flujo de ganancias hacia los Estados Unidos

La oposición al TPP vino inicialmente del movimiento laboral y de la izquierda, y la campaña presidencial de Bernie Sanders reflejó sus actitudes. La izquierda objetó ambos, las negociaciones secretas y la falta de restricciones, al estilo NAFTA, que el acuerdo confiere a las empresas transnacionales.

A la derecha, la campaña Trump también criticó el TPP, cínicamente aprovechando la ira popular contra los acuerdos comerciales percibidos como la causa de la pérdida de empleos, pero también porque él y su círculo concluyeron que el acuerdo no resolvería el problema fundamental de EE.UU. creado por el creciente peso industrial de China. A sus ojos, Estados Unidos ganaría más negociando acuerdos comerciales con países individuales en lugar de quedar atado a tratados multilaterales como el TPP.

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EL LEMA DE Trump "Hagamos América Grande Otra Vez" fue la abreviatura de un programa nacionalista económico que todavía está tomando forma.

Pero la gran pregunta es cómo un plan de empleos, de tipo Bannon, basado en el endeudamiento y el nacionalismo económico, puede éste coexistir con la agenda republicana dominante en el Congreso y con las prioridades de los banqueros y capitalistas en posiciones estratégicas en la administración Trump.

Consideremos al que será Secretario de Comercio, Wilbur Ross, quien supuestamente es el miembro más nacionalista económico del gabinete de Trump. En la década de 2000, Ross compró las empresas textiles y de acero en quiebra, con apoyo de sus sindicatos.

Pero en LTV Steel, Ross hizo dinero usando un procedimiento de quiebra para acabar con las pensiones y eliminar empleos acereros. Luego, subrepticiamente desmanteló una fábrica de acero entera en Cleveland y la envió a... ¡China!, para entonces vender su parte a ArcelorMittal, con sede en Luxemburgo, por 4.500 millones de dólares.

Un par de años más tarde, Sago 9, propiedad de Ross en Virginia Occidental, explotó, matando a 12 mineros. Más recientemente, Ross desarrolló vínculos con la industria de carbón de China.

Si el historial de Ross es una muestra de lo que será el programa económico de Trump, entonces veremos la creación de empleos de bajos salarios en industrias mal reguladas.

Todo lo que Trump termine proponiendo tendrá que pasar por un Congreso republicano que está empeñado en triturar lo que queda del siempre-débil estado de bienestar social en Estados Unidos.

El presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, siempre ha querido revocar Obamacare, introducir reformas mercantiles a Medicare y Medicaid, y privatizar el Seguro Social. La facción del Tea Party y los intereses comerciales que la financian querrán todo eso, y más.

Trump ya ha señalado que responderá al menos a algunas de esas demandas. Nombró al representante de Carolina del Sur, Mick Mulvaney, cofundador del Caucus de la Libertad, como jefe de la Oficina de Administración y Presupuesto.

Si Ryan y los republicanos del Congreso obtienen lo que quieren, no sólo reducirán el gasto en los programas sociales, sino también privatizarán o desmantelarán los departamentos y las agencias gubernamentales que los administran.

Por ejemplo, Trump nombró Betsy DeVos como Secretaria de Educación, basado en su récor de ejercer, con éxito, presión para financiar la privatización de la educación pública en Michigan, resultando en una serie de disfuncionales escuelas autónomas en Detroit y en todo el estado.

Si bien no forma parte del plan económico de Trump, su política educativa premiará a los privatizadores escolares, restringirá la financiación de las escuelas públicas tradicionales y lanzará una nueva ronda de ataques contra los maestros y sus sindicatos.

Dadas las contradictorias propuestas y las facciones rivales alrededor de la Casa Blanca de Trump, es imposible predecir lo que realmente se convertirá en política. Pero ya está claro que la trampa trumponómica sólo traerá más miseria para la clase trabajadora.

Traducido por Orlando Sepúlveda