Cultivando resistencia

La única respuesta posible a la arremetida trumpista es incrementar la resistencia, y construir de una izquierda fuerte que pueda asumir el desafío.

A crowd takes the streets in Washington, D.C., to protest Trump's Muslim ban (Stephen Melkisethian)

DESPUÉS DE casi dos meses en la Casa Blanca, la administración Donald Trump ha sido extraordinaria, pero no de la manera que él quisiera.

Trump tomó juramento con el nivel más bajo de aprobación que cualquier previo presidente entrante; su primer día entero como presidente vio el mayor día de protesta nacional en la historia de Estados Unidos; y el desafío a sus primeras órdenes ejecutivas creó una nueva forma de movilización política, la ocupación de aeropuertos, y revivió otra, la huelga, en la forma de "Un día sin inmigrantes".

Aunque aún en formación, esta resistencia alimenta el mayor nivel de radicalización en la izquierda, descontento político y lucha que Estados Unidos ha visto en años; tal vez en todos los casi 40 años que Socialist Worker ha sido publicado.

Sin embargo, por sí mismo, todo esto no detendrá a Trump. Su administración está empeñada en implementar su reaccionaria agenda. La oposición a esta agenda ya ha sido enorme, pero tendrá que crecer aún más, su política necesitará profundizarse y radicalizarse, y el nivel y las formas de luchas tendrán que expandirse.

La decidida movilización contra Trump ya ganó algunas victorias; la más obvia, el alto judicial a su primera proscripción musulmana. Pero también ha dado lugar a otro suceso "extraordinario": La mayor oportunidad para la izquierda estadounidense, en toda una generación, para ampliar su influencia política y su alcance organizacional, condiciones necesarias para llevar la resistencia a un nuevo nivel.

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LOS SEÑALES de la escala de oposición anti-Trump fueron claras justo después de su elección, así como las calles de las principales ciudades del país se atascaron con protestas nocturnas.

Pero hubo razón para temer que este descontento pudiera ser sofocado o dispersado, en particular, porque la respuesta inmediata de la "oposición" oficial demócrata fue patética.

Barack Obama lideró el camino insistiendo en que el Partido Democrático debería desear el éxito de del nuevo presidente, y los sindicatos y organizaciones liberales, con su lealtad incondicional a los demócratas, fueron invisibles en esos primeros días, o incluso se pusieron en retirada.

Otro ejemplo de pusilánime actitud demócrata vino después del discurso de Trump ante el Congreso. Después de que finalmente él logró sonreír a las cámaras, en vez de gruñir todo el tiempo, los medios lo declararon "presidencial", y los líderes demócratas subrayaron lo que compartían con él.

Pero la actitud hacia Trump es diferente fuera del establecimiento político y mediático. Es por eso que la participación masiva para la Marcha de la Mujer del 21 de enero fue tan importante. Esta demostró que hay millones de personas que no sólo quieren decir que están contra Trump, sino que quieren demostrarlo por medio de la movilización.

Quienes han salido a protestar desde la inauguración a menudo citan el 21 de enero como una enorme inyección de confianza. Éste fue un punto de partida para quienes que enfrentaron a los fanáticos anti-aborto y su plan para piquetear las clínicas de Planned Parenthood el 11 de febrero, a pesar de que su esfuerzo se encontró dificultado por la estrategia conservadora presentada por Planned Parenthood.

Este año, el Día Internacional de la Mujer, 8 de marzo, fue un día de acción en más de 30 países, con activistas feministas esperando revivir una vieja iniciativa, la huelga femenina, que marcó un momento cúspide en el movimiento de la mujer en los años setenta.

Aunque el Departamento de Seguridad Nacional esté clamando nuevas víctimas entre los inmigrantes indocumentados, la opinión pública está en contra de las deportaciones masivas. Por lo que la convocatoria a "Un día sin inmigrantes" para el 1° de mayo tiene la posibilidad real de movilizar ese sentimiento.

El subyacente descontento con Trump se extiende más allá de donde nadie supuso antes de su inauguración. No sólo Trump ha sufrido algunos contratiempos, sino además congresistas del GOP que representan estados y distritos confiablemente republicanos están pagando un precio.

En un revés de las protestas del Tea Party en las asambleas con los legisladores durante los años de Obama, los republicanos están enfrentando manifestantes que se oponen a la agenda de Trump, especialmente los drásticos recortes a la salud que la gente común probablemente hará frente si el GOP sigue adelante con su plan de derogar Obamacare.

Trump y su séquito los llaman "manifestantes profesionales", pero más de 40.000 personas han perturbado las asambleas de los parlamentarios y ha habido reuniones de activistas en más de 300 ciudades en 49 estados, informó el Guardian, citando estimados de grupos liberales.

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SI EL sistema político estadounidense fuera una democracia, Trump estaría perdido. Sus prioridades ya han sido expuestas como las de una pequeña minoría de la población.

Sin embargo, Trump ganó la presidencia de Estados Unidos, cuyos amplios poderes están aislados del control popular, no sólo por un Colegio Electoral que le permitió "ganar" a pesar de perder el voto popular, sino por un sistema político que permite a los líderes electos, especialmente al presidente, no tener que rendir cuentas entre elecciones.

Atrás quedaron las ilusiones de que Trump sería controlado, ya sea directamente por el Partido Republicano o indirectamente por la clase dominante que representa. Por muy inesperada que su victoria haya sido, él y el círculo de reaccionarios que le rodea tienen un programa que los une, y están dispuestos a ir a cualquier longitud para lograrlo.

Pero partes de la agenda de Trump son impopulares con una mayoría de la clase dominante de Estados Unidos. En particular, su nacionalismo económico (una respuesta al relativo declive del poder imperial de Estados Unidos) amenaza con alterar un marco económico mundial que ha favorecido a la mayoría de las corporaciones y banqueros estadounidenses.

Pero Trump, a pesar de la retórica populista adoptada como estrategia electoral, también promete mucho que satisface enormemente a la clase dominante estadounidense: más rebajas de impuestos a las empresas y a los súper ricos, la eliminación de las regulaciones corporativas y financieras, y medidas anti-sindicales destinadas a aplastar las últimas bases del movimiento laboral organizado.

El jefe ejecutivo de General Electric, Jeff Immelt, cuya empresa requiere de ambos, mantener los mercados multinacionales y una cadena de producción internacional, dijo a CNBC: "Me gusta mucho de lo que el presidente Trump presenta".

El auge post-electoral del mercado de valores lo dice todo: después de un período de inquietud inicial, los precios de las acciones subieron a nuevos máximos sobre las expectativas de una mayor bonanza para los ricos a expensas del resto de nosotros.

Y no importa que tan incompetente la administración Trump haya sido en desplegar de su agenda, tiene un gran punto a favor: la cobardía y la capitulación del Partido Democrático.

En febrero, durante la elección de una nueva cabeza del Comité Nacional Democrático (DNC, por sus siglas en inglés), los líderes del partido, liderados por Obama, según algunos reportes, reclutaron a un conocido operario del partido, Tom Pérez, para competir contra al representante Keith Ellison, quien había apoyado a Bernie Sanders.

Así se aseguraron de mantener el DNC en las manos de alguien cuya lealtad al liderazgo de Clinton y Obama está amarrada. Pero este comportamiento de los demócratas tiene nada que ver con la gente en su cúpula partidaria, sino que es producto de la naturaleza misma del partido como defensor de los mismos intereses corporativos que las prioridades trumpistas defienden.

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ASÍ QUE es aún más significativo que Trump ya haya sufrido retrocesos.

El ejemplo más obvio es el bloqueo de la proscripción musulmana por la decisión de jueces federales. Esto fue una señal de un conflicto dentro del establecimiento político. Los jueces, nombrados por un ex presidente republicano, se opusieron a la acción de la nueva administración republicana, y al hacerlo defendieron los poderes de su rama de gobierno contra la Casa Blanca.

Pero ciertamente no podemos contar en jueces republicanos no-electos para defendernos. Los "controles y balances" rutinariamente permiten un poder presidencial completamente sin control. Como Danny Katch escribió en SocialistWorker.org, "la rama judicial tiene una larga historia de apoyar al ejecutivo precisamente en los momentos en que más la necesitamos para proteger nuestras libertades".

La decisión de la corte pudo haber sido diferente, si no hubiera sido por la masiva erupción de protesta contra la proscripción claramente ilegítima e injusta del poder ejecutivo, que ejerció presión sobre una institución naturalmente conservadora.

Ahora que la administración Trump ha presentado una nueva proscripción, las protestas serán una vez determinantes en lo que el poder judicial haga.

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LA OFENSIVA trumpista continuará, y la única posible respuesta que tenemos es elevar el nivel de resistencia: traer a millones más a protestar, vincular y magnificar los diferentes movimientos por la justicia, y, en última instancia, poner todo el poder económico y social de la mayoría obrera detrás de las luchas contra Trump y la derecha.

Este es un gran desafío, especialmente considerando los años de derrotas y desorientación sufridos por el movimiento laboral y la izquierda. No hay un atajo para construir la política y la organización que son necesarias para una resistencia durante los próximos meses.

Pero el punto crítico para los socialistas es que las erupciones de lucha que están emergiendo crean la oportunidad para tomar esos pasos.

Cuando las fuerzas anti-aborto organizaron un día de acción contra Planned Parenthood el mes pasado, un gran número de mujeres y hombres querían responder, y estuvieron más seguros de hacerlo después de las Marcha de la Mujer. Pero tuvieron que enfrentar la oposición de Planned Parenthood, que aún persigue una estrategia de cabildeo y apoyo a los demócratas, mientras pide, a lo más, un apoyo pasivo de la mayoría pro-opción.

Así que la instintiva respuesta de aquellos que decidieron enfrentar a las fuerzas anti-aborto produjo un debate que ayudó a los implicados a aclarar y desarrollar sus propias ideas. Aquellos que avanzaron en organizar las contra-protestas fueron expuestos a una mayor discusión política y organización que les ayudará a prepararse para las luchas futuras y conectarse con otros que buscan resistir.

Como Jen Roesch escribió acerca de la experiencia de organizar las contra-protestas:

Este proceso colectivo es la única forma en que podemos determinar la mejor manera de luchar. Como hicimos en torno a esta protesta, tendremos muchos debates mientras avanzamos, y debemos darles la bienvenida como parte indispensable para la construcción del renovado movimiento que tan desesperadamente necesitamos.

Experiencias como ésta forman parte de la historia de cada levantamiento social.

En la lucha contra la injusticia, o para ganar algún avance económico o social, por modesto que sea, los que deseen luchar tienen que basarse en la organización existente o, cuando éstas son un obstáculo, como suele suceder, crear otras nuevas para construir la lucha.

En esa situación, lo que los socialistas hagamos para que nuestras ideas y experiencias de lucha sean relevantes para el momento actual puede ser decisivo.

Estamos sólo al comienzo de una nueva era de radicalización y protesta, pero la resistencia contra Trump y la derecha están dando a los socialistas la mayor oportunidad, en toda una generación, para aprovechar el momento y construir no sólo las vitalmente importantes luchas de hoy, sino el movimiento para ganar un nuevo mundo.

Traducido por Orlando Sepúlveda