La feroz urgencia del ahora

El mensaje del discurso "Yo tengo un sueño" de Martin Luther King es tan urgente hoy como lo fue hace 50 años; por eso decenas de miles viajaron a Washington, DC, para protestar contra el racismo.

Protesting Trayvon Martin's murder and the targeting of young Black men

HACE CUATRO años y medio, la enorme multitud que atiborró el parque frente al Capitolio, un edificio construido por esclavos, para celebrar la inauguración presidencial de Barack Obama, en Washington DC, sintió estar presenciando el paso del progreso; no sólo por el significado histórico de ver asumir al primer presidente negro de un país fundado en la esclavitud, sino además por el aparentemente cambio político radical, tras ocho largos años de George W. Bush y los republicanos en el poder.

Este fin de semana, otra multitud --más pequeña, pero igualmente dominada por afroamericanos-- se reunió en otra área del parque para conmemorar un momento histórico diferente: el 50º aniversario de la Marcha en Washington por el Trabajo y la Libertad, en 1963, en la que el líder negro Martin Luther King Jr. pronunció su famoso discurso "Yo tengo un sueño".

Estuvieron ahí para conmemorar, sí, pero también para protestar y expresar su ira contra la vil persistencia del racismo hoy, con un afroamericano sentado en la Oficina Oval.

No importa qué estadística consideremos, durante los años de Obama, la condición y la calidad de vida de la América Negra han empeorado. Más que otros sectores de la población, ésta se ha llevado la peor parte de la crisis económica y social de la Gran Recesión. Y la marcha en Washington fue una oportunidad para enfocar la atención sobre esta realidad, mientras las cámaras estén rodando, y sobre a la necesidad de actuar con "la feroz urgencia del ahora", como King dijo hace 50 años.

Aunque algunos digan que la elección de Obama señala el advenimiento de una "sociedad post-racial", el racismo sigue vivo. Más aún, el primer presidente negro no ha hecho nada para aliviar la crisis que vive la comunidad negra. Al contrario, durante los últimos cinco años, Obama y su gobierno han explícitamente evitado identificarse con "problemas raciales".

Esto cambió un poco el mes pasado, cuando Obama hizo una declaración pública sobre la discriminación racial y el racismo en el sistema penal, pero sólo después de una ola de indignación tras la absolución de George Zimmerman, el asesino de Trayvon Martin. Asimismo, el fiscal general Eric Holder prometió cambios en las políticas de litigación de delitos no violentos de drogas y sentencias mínimas obligatorias, después de años de defender el sistema federal de injusticia.

Obama y su gobierno podrán obtener cierto desmerecido crédito por estas declaraciones y promesas, entre los "líderes" que hablaron en la marcha y entre el público en general. Por eso, en la ocasión, los que quieren fortalecer la lucha antirracista buscaron exponer su verdadero récor, y explicar por qué estos líderes liberales debilitan nuestra lucha al justificar a Obama y Holder, en vez de desafiarlos.

Sin embargo, incluso si las palabras de Obama y Holder fueran aceptadas sin peros, nadie en la marcha dudó que aún quede mucho, mucho por hacer, y que la iniciativa para hacerlo tenga que venir de fuera del sistema político de Washington.

Ese ánimo impulsará, tras la movilización nacional, a avanzar la lucha contra cada monstruosa cabeza que el racismo levante en cada ciudad a la que los manifestantes retornaron el día después.

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LA MOVILIZACIÓN del 24 de agosto habría sido una importante conmemoración histórica en sí misma, pero tras la absolución del asesino de Trayvon Martin adquirió una nueva dinámica.

El veredicto Zimmerman ejemplificó cómo el cáncer de hace 50 años aún infecta el cuerpo social hoy. Un joven negro, desarmado, es acechado y asesinado por el delito de caminar al anochecer por dónde a un autoproclamado vigilante vecinal no le pareció, y su asesino es eximido de toda culpa por un jurado sin un solo afroamericano. Todo esto sería muy familiar para los manifestantes de 1963.

La cuestión de la discriminación racial y la justicia por mano propia, realizada por asesinos con o sin uniforme, naturalmente, fue un foco importante de la movilización de Washington. Junto al de Martin Luther King, y por encima del de Obama, el rostro de Trayvon Martín fue el más visto entre las pancartas de los asistentes.

Desde New York, quienes luchan por las víctimas de los asesinatos policiales, como Ramarley Graham y Shantel Davis, llenaron un autobús. Entre los miles de neoyorquinos que llegaron a DC estuvieron también quiénes marcharon por la 5ª Avenida el año pasado para protestar contra "stop-and-frisk" (detención y cacheo) --la práctica de policía de New York que, este mes, un juez federal encontró había violado los derechos constitucionales de cientos de miles de negros y latinos neoyorquinos.

Muchas problemáticas, tan numerosas como las caras del racismo, impulsaron la participación. Desde Illinois, el Sindicato de Maestros de Chicago ayudó a organizar la Caravana Laboral por la Libertad. Sus participantes buscaron hacer hincapié en cómo el asalto contra la educación y los empleados públicos están ligados al ataque contra América Negra.

Hayan participado en protestas nacionales antes o haya sido ésta su primera, muchos de los que marcharon en Washington no son ajenos a la lucha. Para ellos, el viaje en bus desde y hacia su ciudad, el rally y la marcha misma, fueron oportunidades para crear redes solidarias, conectarse a activistas con luchas similares en otros lares, o con coterráneos organizando en torno a diferentes luchas.

Al respecto, Joseph "Jazz" Hayden, de la Campaña para Acabar con el Nuevo Jim Crow, de New York, tiene la esperanza de que la Marcha en Washington ayude a activistas de base más allá de la capital. O como dijo a SocialistWorker.org:

Nosotros vimos la respuesta popular a la decisión de Trayvon Martin, causando manifestaciones en más de 100 ciudades de todo el país. Imagina si nos organizáramos en 100 ciudades de todo el país. Cada vez que decidiéramos poner algo en la agenda nacional, podríamos hacerlo al instante.

Cada uno que aportó su experiencia y cada lucha representada en la marcha ayudarán a construir una alternativa a la ideología que domina el discurso político hoy; aquella que dice que los problemas de la comunidad negra son en gran parte, si no en su totalidad, su propia culpa.

Esta mantra ha sido usada desde el final la década de 1960, cuando la abiertamente predicada inferioridad negra cayó en desgracia en la política convencional. Así fue el racismo re-empaquetado, haciendo subrepticios llamados a la "ley y el orden" y la "responsabilidad personal". Hoy, la idea de que los negros, no el sistema, son los responsables de su propia opresión es aceptada en todo el espectro político, incluyendo, en mayor o menor grado, por líderes afroamericanos.

Pero como Keeanga-Yamahtta Taylor escribió para SocialistWorker.org:

[D]e vez en cuando, algo sucede que rasga esta máscara, dejando al descubierto la fea cara de la sociedad estadounidense. El asesinato de Trayvon Martin y ahora la absolución de su asesino vuelven a confirmar que el racismo está tan concentrado en la sangre y médula de la democracia norteamericana que no puede vivir sin él.

Las masas de manifestantes en Washington son una prueba definitiva, para el que quiera ver, tanto de la profundidad de la crisis de la America Negra, como del hecho de que sus causas radican en la violencia sistémica en la sociedad y la política norteamericanas.

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NINGÚN ANTI-RACISTA duda que los republicanos estén cometidos a la intolerancia y la discriminación. Si casi acaso ellos mismos lo dicen. Por ejemplo, la decisión de la Corte Suprema en junio que destripó uno de los principales logros del movimiento de derechos civiles, la Ley de Derechos Electorales de 1965, fue votada por su mayoría conservadora.

Asombrosamente, los jueces dijeron que los obstáculos racistas al derecho al voto eran una cosa del pasado, y por lo tanto las protecciones de la ley podían ser eliminadas. Eso es un descaro; seis de los nueve estados que fueron especialmente examinados en el marco de la Ley de Derechos Electorales han aprobado nuevas restricciones al voto desde 2010. En total, 19 estados aprobaron más de 24 medidas en 2011 y 2012, que hacen más difícil votar, en términos prácticos, a las personas de color; y sólo podemos esperar venir peores leyes tras el fallo de la Corte Suprema.

Esta horrible lógica es obvia para los republicanos; menos votantes negros y morenos significa menos votos contra ellos. Es por eso que desde el escenario la Marcha a Washington hubo llamados al Congreso para actualizar o modificar la Ley de Derechos Electorales, y con razón.

Sin embargo, muchos oradores dudaron hablar sobre cuestiones sobre las que los demócratas han puesto sus manos, como la aplicación de leyes y políticas racistas, por ejemplo, un problema sobre el que el fiscal general Holder recientemente habló: las leyes de "guerra contra las drogas".

Este mes, Holder dijo al Colegio de Abogados de Estados Unidos que iba a instar a los fiscales federales evitar presentar cargos en casos de delitos no violentos relacionados con drogas que conlleven penas mínimas obligatorias, uno de los principales factores contribuyendo al aumento del 800 por ciento de la población penitenciaria federal desde 1980. Pero hay hoyos en su anuncio --no menos importante, el hecho que dependerá en los fiscales ejercer la discreción que Holder les está permitiendo.

Además, la promesa del Holder viene después de cuatro años y medio en que su oficina ha aplicado algunas de las políticas más injustas y racistas de la guerra contra las drogas.

En junio, por ejemplo, el Departamento de Justicia argumentó en corte a favor de ejecutar las penas existentes para prisioneros sentenciados bajo la infame regla "100 a 1" --guía de sentencias mínimas obligatorias por posesión de una centésima parte de pasta base (mayoritariamente consumida por usuarios negro) que cocaína en polvo (mayoritariamente consumida por usuarios blancos).

En 2010, Obama firmó la Ley de Sentencias Justas, que redujo esa disparidad a "18 a 1" --una medida a medias que Jasmine Tyler, de Drug Policy Alliance, describe como una licencia "para ser un poco racista".

Pero cuando un tribunal federal de apelaciones dictaminó que la nueva sentencia "justa" debe ser aplicada con carácter retroactivo, los abogados de Holder acudieron a los tribunales para oponerse a la decisión, en efecto, pidiendo que miles de personas, en su mayoría personas pobres y de color, permanezcan tras las rejas bajo una directriz que la propia administración ha repudiado.

Que Holder proponga reformar los mínimos obligatorios "es un reflejo de un cambio en la opinión pública y una creciente ola de activismo entre los presos aquí en California y sus familias", dijo Isaac Ontiveros, un organizador del grupo para la abolición de las prisiones Resistencia Crítica, al sitio web Common Dreams. Pero la lucha contra el Nuevo Jim Crow no puede terminar aquí, del mismo modo en que los activistas por los derechos civiles de la década de 1950 y 60 no se quedaron satisfechos con sus primeras, parciales victorias contra el viejo Jim Crow.

Este fin de semana, la gente llegó a Washington, DC, desde todo el país, para mostrar su oposición al racismo y enviar el mensaje de que es necesario actuar. Las palabras del famoso discurso de Martin Luther King fueron más importantes que nunca:

Hemos... venido a este lugar sagrado para recordar a América la feroz urgencia del ahora. No es el tiempo de darse el lujo de calmarnos o de tomar la droga tranquilizante del gradualismo... Las borrascas de la rebelión continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que surja el esplendoroso día de la justicia.

Traducido por Orlando Sepúlveda