El pueblo contra el presidente

Los primeros días de Trump han mostrado su prontitud para espolear sus prioridades, pero también que tendrá una lucha en sus manos para cualquier lado que gire.

Opponents of Trump's executive order gather in Washington, D.C.

SON LOS primeros días de la administración Trump; aún no hemos tenido tiempo de habituarnos a escribir estas palabras sin que nos dé escalofríos; y dos cosas ya son extremadamente claras.

Número uno: Trump va a ser tan horrible como las más lúgubres de las predicciones.

Y número dos: él también será tan ampliamente resistido como cualquiera pudo haber esperado, con la gente común llegando a arrastrar incluso a sus "representantes" a la lucha.

Luego de sacudir al mundo con su triunfo electoral y de exponer ambos partidos del establecimiento, el Republicano y el Democrático, como los tigres de papel que son, Trump figuró que podría intimidar al país a aceptar humildemente su agenda derechista, "Estados Unidos Primero".

Durante los meses pos-electorales, pareció que podría hacerlo fácilmente. Los republicanos que detestaban su retórica populista se alinearon detrás de su llamado a detener los acuerdos comerciales, como la Asociación Transpacífica. Mientras los demócratas, incluso los más progresistas, como Bernie Sanders y Elizabeth Warren, uno tras otro prometían encontrar "terreno común" para trabajar con la venidera pesadilla presidencial.

Pero todo eso comenzó a cambiar el momento en que Trump asumió el cargo, cuando la multitud que asistió a su ceremonia de inauguración fue absolutamente superada al día siguiente por lo que fue el mayor día de protesta en la historia de Estados Unidos.

Entre tres y cuatro millones de personas, una de cada 100 personas en todo el país, participaron en la Marchas de la Mujer en Washington, DC, y en ciudades de todo Estados Unidos y del mundo, para expresar su ira por el trato denigrante de Trump hacia las mujeres, y por mucho más.

La lúdicra afirmación, de Trump y de sus portavoces, que la inauguración fue mayor que las protestas del próximo día confirman que el nuevo presidente es un crío berrenchín en el cuerpo de un adulto; y también refleja cuanto le mortifica tener su aura de invencibilidad ponchada.

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COMO QUEDÓ, Trump y su equipo planearon usar los primeros días de la administración para silenciar al país con el choque y pasmo de una serie de órdenes ejecutivas atacando a inmigrantes y musulmanes, mientras que su gabinete de multimillonarios montaba tras cortinas su plan para destruir los programas sociales y enriquecer aún más al Uno por Ciento.

La administración descartó la resultante indignación como "noticias falsas", procedentes de los mismos indecorosos medios que fallaron en predecir la elección de Trump.

Pero es muy difícil afirmar que las protestas que la gente vio con sus propios ojos son sólo manipulación mediática, como el Secretario de Prensa, Sean Spicer, duramente aprendió. La realidad es que la estrategia de la Casa Blanca enfrenta a una seria oposición en las calles, comenzando con la Marcha de la Mujer y continuando el siguiente fin de semana con el extraordinario alzamiento en los aeropuertos del país contra las órdenes ejecutivas de Trump.

Estas protestas revirtieron la dinámica de noviembre y diciembre, cuando la mansa aquiescencia que los demócratas dieron a Trump pareció paralizar a muchos liberales, particularmente a sus principales organizaciones y a los sindicatos, impidiéndoles sacar provecho de las espontáneas protestas que tuvieron lugar inmediatamente después de la elección.

Pero para enero, con un creciente número de personas apuntándose a asistir a la Marcha de la Mujer, algunos sindicatos y grupos liberales se vieron obligados a proveer recursos para el éxito de la manifestación, si al menos solapadamente.

La histórica Marcha de la Mujer, sus réplicas en todo el país y alrededor del mundo, y las posteriores protestas contra las órdenes ejecutivas de Trump dieron confianza a las organizaciones liberales, como el Partido de las Familias Trabajadoras de Nueva York y sindicatos como SEIU, a patrocinar las protestas en los aeropuertos, cuando Trump vetó la entrada al país de refugiados, viajeros y residentes permanentes en los Estados Unidos provenientes de siete países predominantemente musulmanes.

Si la Marcha de la Mujer demostró el potencial de una oposición masiva, el alzamiento en los aeropuertos trasformó ese potencial en una confrontación directa más rápidamente de lo que nadie podría haber imaginado. Y cuando un tribunal federal suspendió la orden ejecutiva vedando la entrada a viajeros de esos siete países, esto marcó la primera victoria, aunque parcial y temporal, de la resistencia contra Trump.

La veda musulmana, y ciertamente eso es a pesar de que Trump lo niegue, ha puesto en marcha un creciente conflicto en el que las apuestas han subido para ambos lados.

La nueva administración, no queriendo perder su primera gran batalla, ni perforar la dura imagen de Trump, insinuó que podría no acatar los edictos judiciales limitando o revirtiendo sus órdenes ejecutivas.

Esta es una amenaza autoritaria no sólo para los musulmanes, sino también para los derechos y normas democráticos básicos. Y por supuesto, reforzará la convicción de muchos millones de personas, ávidos de mostrar su oposición a Trump, que no tenemos otra opción más que luchar.

Pero el desvergonzado ataque de Trump podría conducir a una mayor oposición de los hasta ahora mansos líderes republicanos y demócratas, en parte porque Trump marcha a toda velocidad con un programa que no cuenta con el apoyo mayoritario de la clase capitalista, pero más importante aún, porque la ola de descontento popular está presionándolos a actuar.

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SEA CUAL sea el resultado de esta pelea en particular, no será el último ultraje cometido por el régimen Trump, y no será la última muestra de amarga ira en las calles.

Mirando hacia las largas e intensas luchas por delante, hay algunas lecciones, cruciales para avanzar, que debemos aprender.

La primera es que la "elección" de Trump – la que él, por supuesto, ganó perdiendo el voto popular – no reveló un país derechista, como afirmaron algunos en los medios, sino uno que está amargamente polarizado.

La derecha ha sido envalentonada por el nacionalismo de mano dura de Trump, con un componente abiertamente racista que necesita ser desafiado directamente cada vez que levante su cabeza. Pero gracias a las masivas Marchas de la Mujer, y otras recientes protestas, sabemos que hay una inquietud por luchar emergiendo en la izquierda, tanto contra los ataques de Trump, como por su propia agenda de justicia económica, racial y sexual.

Este sentimiento no es nuevo tampoco, ha sido observado muchas veces a lo largo de los años desde la crisis económica de 2007-2008, en el amplio apoyo social a movimientos de protesta como Ocupa Wall Street y Las Vidas Negras Cuentan, y en los 13 millones de personas que votaron por un auto-proclamado socialista en las elecciones primarias demócratas.

La segunda lección es que ahora sabemos que, incluso con Trump en la Casa Blanca y los republicanos en control de ambas cámaras del Congreso, es posible resistir sus prioridades, e incluso ganar batallas.

Perderemos un número de ellas, también, y estos serán golpes amargos. Pero la Marcha de la Mujer y las protestas en los aeropuertos fueron la razón por la que el gobierno de Trump sufrió contratiempos durante los días de apertura, cuando esperaba salirse con todo.

Sobre la base de estas lecciones, tenemos dos tareas en las próximas semanas y meses.

La primera es construir una infraestructura duradera para esta resistencia que, como dice Keeanga-Yamahtta Taylor en una entrevista en la edición impresa de febrero de Socialist Worker, pueda conectar "las luchas individuales y locales para crear coherencia a través del país y entre los movimientos locales, y para que la gente pueda generalizar las experiencias de diferentes grupos, aprendiendo de ellas".

Debemos argumentar que estas redes en desarrollo y nuevas organizaciones sean construidas sobre una base de independencia política. Porque mientras la derecha está bien organizada y encabezada por los republicanos en el gobierno, nuestro lado ha sido constantemente desmovilizado y desorientado por la ilusión de que compartimos valores y objetivos con los demócratas. Su lealtad está con las prioridades del estatus quo en Wall Street, el Valle del Silicón y el Pentágono.

Nuestra segunda tarea, como escribió Todd Chrétien para este periódico hace unas semanas, es armar a una nueva generación de activistas con la política y el conocimiento de la historia para utilizarlos en crear una alternativa a largo plazo, tanto al tóxico nacionalismo de Trump, como al miserable sistema que le dio la oportunidad de infiltrarse en el poder.

Incluso si hemos estado protestando tal vez como nunca antes, debemos organizar asambleas y grupos de estudio para desarrollar una izquierda socialista que pueda ofrecer una solución diferente a una sociedad en que la mayoría de la gente nunca ha superado la Gran Recesión, donde el trabajo temporal es contrarrestado a la prevención del desastroso cambio climático, y los refugiados son vistos como enemigos en lugar de nuestros hermanos y hermanas.

La administración Trump puede haber tropezado con una pelea más grande de lo que esperaba, pero también confía en que nos derrotará porque no tenemos una alternativa.

Nos tomará meses y años, pero tenemos que demostrar que está equivocada.

Traducido por Orlando Sepúlveda