Impuestos, empleos, embuste

Reducir el gravamen a las empresas ha fracasado en crear empleos, pero ayuda a los líderes políticos en crear una catástrofe fiscal que justifique la austeridad.

Mitt Romney and Barack Obama share the stage at their first debate

SE NOS dice que la campaña presidencial de 2012 ofrece una clara elección--el ejecutivo empresarial frente al organizador comunitario, el temerario multimillonario contra el hombre de cada día.

Pero en el tema más importante de esta elección--los empleos y la economía--los candidatos concuerdan un caudal. Puede que no parezca así cuando los candidatos debaten temas diseñados para enfatizar sus diferencias, o al escuchar el obsesivo análisis mediáticos. Pero dejando la paja de lado, ambos están de acuerdo en cómo, supuestamente, producir más empleos: Reduciendo los impuestos a las empresas. Y si eso no funciona, más recortes de impuestos.

Claro, en el debate presidencial la noche del martes, Obama destacó que, a diferencia de Romney, él buscó elevar la tasa de impuesto sobre la renta que afecta al 2 por ciento de los hogares más ricos a los niveles de la década de 1990. Lo que Obama no dijo es que la oportunidad vino al tiempo de derogar los recortes de impuestos que Bush dio a los súper-ricos a finales de 2010, y capituló.

Además, otra vez Obama se comprometió a derogar los recortes de Bush, pero también dijo que reduciría los impuestos a los bancos y las empresas. En el debate en que desesperadamente buscaba mostrar sus diferencias con Romney, Obama subrayó una y otra vez aquello en que los dos están de acuerdo: los impuestos a las empresas son demasiado altos, y que deben ser reducidos.

Este es un artículo de fe de la política en Washington: la mejor manera de crear empleos es reduciendo los impuestos de las empresas para que así contraten más trabajadores. La otra cara de ese consenso es que la peor manera de crear empleos es por medio de un programa gubernamental.

Una vez confinada a una minoría conservadora en la administración republicana de Ronald Reagan, la teoría del "chorreo económico" domina la política económica de todo el establecimiento--aunque no muchos usan el término "chorreo" estos días.

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SU IDEA básica es que si el gravamen a las corporaciones es rebajado, entonces tendrán más dinero para invertir, aumentando el empleo y, a medida que más personas son contratadas, los ingresos, y así levantando a la sociedad toda. En otras palabras, más dinero en manos de las empresas y los ricos eventualmente "chorreará" hacia el resto de nosotros.

Hay dos problemas, sin embargo, con esta idea. Uno es que el "chorreo económico" no trabaja; nunca lo ha hecho. Y dos, los recortes de impuestos para los ricos privan al gobierno de los recursos que podrían hacer una diferencia real en la vida de millones.

Incluso la Oficina de Presupuesto del Congreso, la agencia no partidista del propio gobierno para el análisis de los datos económicos, reconoce que la reducción de impuestos no creará puestos de trabajo, especialmente en una economía débil: "El aumento de la renta empresarial post impuestos, por lo general, no crea mucho incentivo para contratar a más trabajadores para producir más, porque la producción depende principalmente de su capacidad de vender sus productos".

Las tasas de impuestos a las empresas y los ricos en EE.UU. ya son históricamente bajas--a pesar del graznido de los ejecutivos y de la prensa financiera--en comparación con otros países industrializados.

El resultado es que las empresas estadounidenses están sentadas sobre un tesoro récor de dinero en efectivo, estimado en hasta dos miles de millones de dólares. ¿Por qué? Porque las empresas no harán nuevas inversiones hasta que crean que dichas inversiones producirán ganancias. El dinero que se supone "chorree" a nuestros bolsillos está "chorreando" al bolsillo de los súper-ricos.

En lugar de crear puestos de trabajo, la reducción de impuestos para los ricos y las corporaciones los haces aún más ricos. Uno de los principales economistas del siglo 20, John Kenneth Galbraith, burlonamente se refirió a la teoría del "chorreo" como la teoría del caballo y el gorrión: "Si usted alimenta el caballo suficiente avena, algunos granos pasarán y caerán al camino para los gorriones".

Eso es cierto hoy en día. El consenso libremercadista, de recortes del gasto público, la privatización y la rebaja de impuestos para los ricos, sirve a los intereses del 1 por ciento--la misma élite que ya se llevó la parte del león de la economía en las últimas décadas.

Al resto de nosotros nos toca el bodrio.

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ESCUCHEMOS A los candidatos presidenciales.

En el primer debate, Romney dijo: "Cincuenta y cuatro por ciento de los trabajadores estadounidenses trabajan en empresas que son gravadas no a tasas comerciales, sino individuales. Si bajamos esa tasa, serán capaces de contratar más personas. Para mí, se trata de puestos de trabajo. Se trata de crear empleos para el pueblo estadounidense".

Obama "contra-atacó" con: "Cuando se trata de nuestro código tributario, el gobernador Romney y yo coincidimos en que nuestra tasa impositiva corporativa máxima es muy alta, por lo que quiero bajarla, en particular para la manufactura, a un 25 por ciento".

Ambos dijeron más o menos lo mismo en el segundo debate.

Romney, por supuesto, es un "chorrero" fundamentalista. Uno de sus últimos comentarios en el segundo debate fue repetir la misma frase - "El gobierno no crea puestos de trabajo" - una y otra vez, como un mantra.

Pero Barack Obama y los demócratas no son menos dedicados a esta proposición. Incluso la ley de estímulo de 2009--aprobada durante el primer mes de la presidencia de Obama, como medida de emergencia para reactivar la economía, con el apoyo de la comunidad de negocios--fue moldeada en esta dirección.

Un poco más de un tercio de los $ 787 mil millones del más grande estímulo económico de la historia fue destinado a recortes de impuestos para individuos y corporaciones. Y en 2010, el Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca informó que casi la mitad del dinero gastado hasta ese momento en virtud de la ley de estímulo fue en desgravaciones fiscales.

Un año más tarde, el Consejo estimó que cada puesto de trabajo creado en virtud del estímulo costó a los contribuyentes entre $185.000 y $278.000, más que si el dinero hubiera sido invertido directamente en poner a la gente a trabajar, contratando más maestros u obreros de la construcción para proyectos de infraestructura.

Las pruebas de que los recortes fiscales no resultan en el crecimiento del empleo ya estaban disponibles en 2009. Por poner un ejemplo, en la década de 1990, los republicanos hicieron las mismas afirmaciones que Mitt Romney está haciendo hoy en día en contra el modesto aumento de impuestos propuesto por Bill Clinton. En los años venideros, el crecimiento del empleo en las pequeñas empresas fue dos veces más rápido que después de los recortes fiscales de George W. Bush en el 2000.

No hay una correlación entre la reducción de impuestos y el crecimiento del empleo porque hay muchos más factores económicos en juego.

De hecho, la tasa real de impuesto a las corporaciones ha estado cayendo en EE.UU. por décadas. Aunque la tasa nominal de impuesto a las empresas es de 35 por ciento, las empresas gozan de exenciones, deducciones y lagunas, pagando mucho menos o nada en absoluto, con mucha frecuencia. General Electric, una de las corporaciones más grandes del mundo, pagó una tasa promedio efectiva de impuestos de 14 por ciento entre 2001 y 2010, de acuerdo con un artículo en la revista Mother Jones.

Al mismo tiempo, la presión fiscal se ha desplazado cada vez más hacia los trabajadores. Los impuestos a la renta han sido reducidos modestamente para la escala media de ingresos, pero una buena parte de la diferencia ha sido substituida por varios impuestos regresivos, que desproporcionadamente afectan a los trabajadores.

El impuesto a los ingresos extraídos de su cheque de pago--si usted tiene uno--es un ejemplo: El impuesto tiene un máximo de poco más de $ 100.000 en ingresos anuales--es decir, los ricos pagan mucho menos de sus ingresos porcentualmente que, por ejemplo, una " asociado" en Wal-Mart o un empleado de una fábrica de autopartes. Así, los impuestos sobre la nómina han aumentado como proporción de los ingresos del gobierno.

Cuando se trata de impuestos a las ventas, también regresivos, ningún político nunca parece querer rebajarlos. Pero se van a duelo los unos contra los otros para otorgar tasas de impuestos aún más bajas a las corporaciones.

Así se puede entender el extraño pero cierto hecho de que la secretaria de Warren Buffett paga un porcentaje mucho mayor de sus ingresos al gobierno que su multimillonario jefe.

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AUNQUE LOS recortes de impuestos han sido un rotundo fracaso en la creación de puestos de trabajo, han servido otro propósito: crear una catástrofe fiscal que ha servido de justificación para los profundos recortes a la ya raída red de seguridad social.

Las últimas tres décadas contradicen a Mitt Romney cuando dice ser el más responsables de equilibrar el presupuesto del gobierno. Ronald Reagan, por ejemplo, prometió equilibrar el presupuesto mientras recortaba los impuestos y duplicaba el gasto militar. Para sorpresa de nadie, no fue así, y el déficit federal se disparó. Más tarde, el director de presupuesto de Reagan, David Stockman, admitió que, a pesar de lo dicho, ellos sabían que el presupuesto produciría déficits, pero que él y sus compañeros republicanos contaban con que esto obligaría al Congreso a recortar el gasto social.

Del mismo modo, George W. Bush insistió en que no uno, sino dos enormes paquetes de recorte de impuestos eran necesarios para estimular la economía y el crecimiento del empleo - incluso cuando Estados Unidos estaba luchando nuevas y caras guerras en Afganistán e Irak. La deuda sólo creció y creció.

Dada esta historia, es ridículo que los republicanos digan ser el partido del conservadurismo fiscal. Pero el Partido Demócrata no puede atacar su récor de fracaso--ya sea en el déficit o la creación de empleo--porque no tienen una alternativa. Por el contrario, han ayudado a presidir el desplazamiento de la carga fiscal de los ricos a los pobres, y de las empresas hacia el resto de nosotros.

Los socialistas tienen una sencilla respuesta a la pregunta favorita de los políticos durante los debates en tiempo de elecciones: ¿Cómo va a pagar por ello? Nuestra respuesta es la siguiente: Graven a los ricos.

Pero dentro de la política general, una propuesta como ésta--por modesta que sea--invariablemente encuentra la acusación de "lucha de clases". Los líderes del Partido Demócrata, que son casi tan dependiente de las donaciones de corporaciones y Wall Street como los republicanos, están interesados en evitar esta acusación.

Y así, la real lucha de clases continúa--la guerra unilateral del 1 por ciento contra el 99 por ciento.

El plan Romney para las corporaciones estadounidenses, en nombre de "ayudar a un 100 por ciento de los estadounidenses", es nauseabundo. Pero Barack Obama no ofrece una alternativa. Él y los demócratas aceptan las mismas premisas que los republicanos: austeridad, recortes de impuestos para las empresas y apoyo a los ricos; poniendo el capital estadounidenses por encima de todo.

Será necesaria una movilización fuera de Washington, luchando por prioridades completamente distintas, para hacer algo acerca de la crisis del empleo en este país.

Traducido por Orlando Sepúlveda