Raíces de la violencia sexual

El horror en Isla Vista provocó una airada respuesta contra lo profundo que el sexismo y la violencia han penetrado nuestra sociedad. Jen Roesch apunta el camino que la discusión debe ahora seguir.

A vigil in Isla Vista for the mass shootings victims

CUANDO ELLIOT Rodger mató a seis personas y luego se suicidó en Isla Vista, California, a finales de mayo, dejó tras de sí un "manifiesto" de 140 páginas y un rastro de videos en YouTube que contienen una mezcla tóxica de misoginia, resentimiento racial, odio a sí mismo y profunda alienación.

En las semanas posteriores, así como la gente trató de darle sentido a este acto horrible, el tema que más claramente ha surgido es el de los epidémicos niveles que la violencia contra la mujer ha alcanzado.

Los trágicos acontecimientos en Isla Vista punzan un temor latente y la ira sentida por millones de mujeres. En menos de 24 horas, más de un millón de personas respondieron al hashtag #yesallwomen, en Twitter, para hacer visible la omnipresencia del acoso sexual y la violencia. Los testimonios acumulados forman un verdadero mapa de lo que significa ser mujer en una sociedad saturada de sexismo.

Otra mujer creó el sitio Tumblr "When Women Refuse" (Cuando las mujeres rehúsan) para documentar las historias de mujeres que han sido atacadas y maltratadas físicamente por rechazar los cortejos de los hombres o después de la ruptura de una relación.

Estas efusiones de solidaridad en la Internet han tocado una fibra sensible porque revelan una fea verdad: la violencia contra las mujeres está profundamente arraigada en nuestra sociedad. Según las estimaciones más conservadoras, una de cada cinco mujeres será víctima de asalto sexual o violación en su vida. Una de cada cuatro mujeres sufrirá violencia doméstica. Y todos los días en este país, tres mujeres son asesinadas como resultado de la violencia doméstica.

Todo esto ha dado lugar a un importante debate sobre cómo nuestra sociedad permite y sustenta esos tan altos niveles de violencia.

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CADA VEZ más --y sobre todo en respuesta a los asesinatos de Isla Vista-- las feministas se han centrado en cuestiones de cultura. Han argumentado que vivimos en una cultura de la violación que permite que florezca la violencia y lleva a los hombres a creer que tienen un permiso social para abusar de las mujeres. Como dijo la escritora Jessica Valenti "No hay tal cosa como un misógino solitario --son creados por nuestra cultura y por las comunidades que les dicen su odio es a la vez común y justificado".

Este enfoque en el contexto social más amplio es un cambio bienvenido a previas discusiones sobre la violencia sexual y de género, que la explican como un impulso inherente del hombre dominar a la mujer, o como el acto individual de criminales y monstruos. Lo que Valenti y otras escritoras insisten, por encima de todo, es que los actos individuales de violencia contra la mujer deben entenderse en el contexto de un sistema más amplio que degrada y devalúa a la mujer.

Para evidenciar esa cultura, uno no necesita mirar más allá de la reciente portada del New York Post en respuesta a los asesinatos de Isla Vista. En uno de los despliegues más grotescos de culpabilizar a la víctima, el tabloide publicó el nombre y la foto --en bikini, nada menos-- de una de las mujeres que fue objeto de la ira de Rodger en su "manifiesto", bajo el título: "Killer crush" (Enamoramiento asesino).

Aunque los principales medios de comunicación y comentaristas criticaron la portada del New York Post, es un claro ejemplo del tipo de torcidas respuestas a la violencia sexual y al sexismo que son comunes. Vivimos en una sociedad en que las mujeres que son agredidas sexualmente son culpadas rutinariamente y cuestionadas por su propio comportamiento, y en la que el de los hombres es comúnmente excusado.

Sólo el mes pasado, un hombre condenado por drogar y violar repetidamente a su esposa durante varios años terminó sin ir a la cárcel. Peor aún, el juez del caso aconsejó a la mujer que perdonara a su marido. Otro juez rechazó la posibilidad de que una mujer hubiera sido violada porque su vagina no estaba "despedazada".

Y recientemente fue descubierto que en un período de años, miles de casos de violación han sido archivados sin que la evidencia fuera examinada, por departamentos de policía de todo el país. La razón más probable es que la policía de todo el mundo comparte la opinión del oficial de Philadelphia, quien describió la Unidad de Víctimas Especiales que dirigió como la "Unidad de Perras Mentirosas".

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HISTORIAS DE horror como éstas abundan, y no se limitan al sistema de justicia penal. En los campus universitarios de todo el país, los administradores se niegan una y otra vez a tomar medidas contra estudiantes que cometan violación o asalto sexual. Importantes medios de comunicación como el respetado New York Times se sienten libres para describir la ropa y el comportamiento de las sobrevivientes de agresiones sexuales. Y políticos, como el diputado por Wisconsin, Roger Rivard, advierten sobre mujeres timadoras que primero acceden a tener sexo y luego gritan: ¡Violación!

Cuando una joven fue violada en Steubenville, Ohio, por los miembros del venerado equipo de futbol americano de la preparatoria, sus atacantes fueron protegidos por su entrenador, el fiscal de distrito y el director de la escuela. Los jugadores operaban con tal sentido de aprobación social que no sintieron ningún reparo en tuitear en vivo el asalto y hacer bromas crueles sobre la víctima.

Descansar sobre la "cultura de la violación" para describir las formas generalizadas e institucionalizadas en las que el asalto sexual es sancionado o justificado nos otorga un punto de partida útil para dar sentido a los continuos altos niveles de violencia contra las mujeres. En los últimos años, el concepto ayudó a proporcionar un marco para un nuevo movimiento que se expresó con mayor fuerza en manifestaciones como SlutWalk (la Marcha de las Putas) y en las luchas contra las administraciones universitarias por su inacción respecto al asalto sexual.

Sin embargo, cada vez más, yo encuentro el enfoque en la "cultura de la violación" tan limitante como distorsionante cuando se trata de comprender y combatir la violencia sexual y de género. Me quedé particularmente impresionada por estas limitaciones cuando leí las discusiones que siguieron tras la masacre de Isla Vista. Cuando hablamos de la cultura, tenemos que hablar de cómo se genera y perpetúa, así como qué será necesario para transformarla.

Entre los muchos análisis sobre Elliot Rodger y los asesinatos de Isla Vista, es sorprendente observar la frecuencia con que empiezan --y terminan--describiendo la gama de expresiones culturales de sexismo en nuestra sociedad. Todo, desde la "cultura nerd" hasta las películas de Seth Rogan han sido disectados para exponer su incuestionable, implícito e informal sexismo.

Si bien estas manifestaciones culturales de sexismo pueden explicar el terreno alternadamente confuso e indignante sobre el que debemos navegar nuestras relaciones interpersonales, no pueden por sí solas explicar por qué algunos hombres agreden, violan y abusan de las mujeres.

Para explicar esto, necesitamos ampliar la vista para hablar de las condiciones institucionales y sistémicas que preparan el terreno para la violencia contra la mujer --y de cómo estas condiciones dan forma a la cultura dominante. Para esto, es importante entender las bases materiales de estas condiciones y cómo éstas se desarrollaron históricamente.

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EL SEXISMO es el conjunto de ideas que fluyen desde, y sirven para justificar, la desigualdad de la mujer. Esta desigualdad está arraigada en, y es ejecutada por, las instituciones más poderosas de nuestra sociedad.

El movimiento por la liberación de la mujer, en la década de 1970, planteó un desafío directo a un estatus de segunda clase de la mujer y transformó la vida de millones de mujeres de manera profunda. Hay muchos aspectos en la vida de la mujer hoy que serían irreconocibles para las generaciones anteriores --al igual que muchos aspectos de sus vidas parecen muy distantes a la nuestra hoy. Pero los logros de ese movimiento siempre fueron limitados y, aún más importante, han estado, desde entonces, bajo constante asedio --en especial aquellos con un mayor impacto.

Esta reacción anti-mujer, por décadas llevada a cabo en el contexto de un asalto en el nivel de vida de la clase trabajadora y de la red de seguridad social, ha dado forma a la manera en que esta desigualdad se organiza y se justifica en la sociedad actual. Comprender los márgenes de esto es crucial para dar sentido a la violencia sexual y de género en la actualidad.

Por un lado, las mujeres han quebrado el techo de vidrio que las limitaba y han jugado un papel más importante en la vida pública, tienen mayor acceso a la educación superior, a una gama más amplia de ocupaciones y, en una minoría de casos, a posiciones genuinas de poder. Sin embargo, al mismo tiempo, la lucha del movimiento por la igualdad de salarios, licencia de maternidad pagada y acceso a guarderías --que habría permitido a un número mucho mayor de mujeres participar de manera más equitativa en la vida social-- se perdió.

Durante todo este proceso, la idea de la liberación de la mujer fue desligada de las cuestiones de igualdad social y económica, y en su lugar fue limitada a una cuestión individual. Es en este contexto que las feministas de chorreo, como Marissa Myer y Sheryl Sandberg, nos dicen que las mujeres sólo necesitan "aprender" y superar los condicionamientos sociales que las detienen.

En realidad, a la mujer se le dice que puede participar en la vida pública, pero ella debe hacerlo en términos profundamente desiguales. Cuando se topa con barreras a la plena participación, como el acoso sexual y la violencia, o simplemente a imposibles opciones planteadas por las exigencias del hogar y el trabajo, se le dice que es su propio e individual problema. Por lo visto, tan horrible y evidente en casos de asalto sexual y violación, la culpabilización de la víctima se extiende a todos los ámbitos de la vida de la mujer.

Esta dinámica de liberación desvinculada de una igualdad real ha modelado profundamente la comprensión de la sexualidad hoy.

Una de las aspiraciones del movimiento por la liberación femenina fue la libertad sexual. Pero sin un aumento correspondiente en la libertad social y económica de la mujer, la liberalización de las actitudes sexuales no ha avanzado la capacidad de las mujeres para controlar sus propias vidas sexuales; al contrario, ha permitido al mercado invadir, mercantilizar y transformar este aspecto más íntimo de nuestras vidas.

En la publicidad y en la cultura en general, el cuerpo femenino es usado para vender mercancías. Sin embargo, no es sólo un producto físico lo vendido, sino también un ideal. Nuestra propia sexualidad ha sido reempaquetada y vendida de vuelta a nosotras, pero no una sexualidad auténtica que pueda reflejar la multiplicidad de posibles deseos, los atributos únicos del individuo o de los muchos tipos de conexiones entre las personas. En cambio, es una sexualidad que está profundamente distorsionada por las relaciones sociales estructuradas por la opresión.

En las imágenes de la sexualidad perpetradas por las instituciones dominantes de la sociedad, el cuerpo de la mujer existe como objeto para el placer masculino. Esto contribuye a un grado extremo de alienación: el sexo, algo innato y agradable para los seres humanos, llega a existir fuera de las relaciones humanas y en su lugar se transfiere a los objetos que pueden ser comprados y vendidos, transformando lo que debería ser un intercambio personal y mutuo entre individuos en un intercambio de mercancías.

Esto tiene un impacto profundamente distorsionador y perjudicial sobre cómo los hombres y las mujeres comprenden su sexualidad. Pero a causa de la opresión de la mujer, la situación resultante es especialmente peligrosa para ellas. La idea de la subordinación femenina se refuerza de forma simultánea con un ideal inalcanzable de lo que la mujer debiera ser.

Esta mercantilización implacable ha aumentado a la par con los esfuerzos para privar a la mujer del control sobre sus propios cuerpos y su sexualidad. Mientras la mujer es retratada como infinitamente disponible, sexualmente, la mujer real es estigmatizada por su actividad sexual, y sus derechos reproductivos atacados.

Esto ayuda a mantener una doble moral sexual que es casi imposible de navegar, privando a la mujer de autonomía básica y física sobre su vida, una pérdida que se expresa brutalmente cuando ella sufre violencia sexual o de género.

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TODO ESTO ha tenido lugar en el contexto de un ataque contra el nivel de vida de la clase obrera, la profundización de la desigualdad y la destrucción de las pocas protecciones sociales que aún existen. La mujer se ha llevado la peor parte, ya que sigue siendo económicamente vulnerable como consecuencia de la desigualdad sistemática que enfrenta, tanto en el trabajo como en el hogar.

Contrario a los cuentos de hadas post-feministas sobre cómo las mujeres son ahora la nueva clase dominante, en la vida real ellas han visto empeorar su situación económica.

La mujer sigue ocupando trabajos tradicionalmente "femeninos", mal pagados e inseguros. Casi el 60 por ciento de las familias encabezadas por una madre soltera vive en la pobreza, y la destrucción de los programas de asistencia social, la reducción de los cupones de alimentos y los recortes en los servicios de cuidado infantil han hecho la situación de la mujer, y sus hijos, aún más precaria.

Cuando la mujer es económicamente dependiente de la beneficencia pública y enfrenta el deterioro social sin pareja es aún más vulnerable a la violencia de género.

La mitad de las mujeres en asistencia pública ha sufrido algún tipo de abuso sexual o físico. Casi un tercio de las familias sin hogar ha llegado a la indigencia como resultado directo de la violencia doméstica. La mujer que sufre la violencia doméstica encuentra su vida laboral violentamente interrumpida --cada año, más de 8 millones de días laborales remunerados son perdido por las víctimas. Esto sólo empeora el ciclo de dependencia económica.

Incluso cuando la violencia doméstica no es el problema, la desigualdad económica hace que sea imposible para la mayoría de las mujeres tener una autonomía real sobre sus vidas. Cuando las oportunidades de vida de una mujer son directamente afectadas por su capacidad de asegurar y mantener una pareja, esto limita sus opciones y altera sus relaciones interpersonales sutil, pero realmente.

Estas dinámicas son impulsadas por poderosas fuerzas sociales que fluyen de las alturas de nuestra sociedad. El empeoramiento de las condiciones y el endurecimiento del control sobre la vida de la mujer han ido de la mano con un fortalecimiento ideológico reaccionario contra la mujer. Por lo tanto, si vamos a hablar de la cultura, tenemos que entenderla como algo que surge de estas realidades materiales económicas, políticas y sociales.

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ESTAS SON precisamente las preguntas que se han perdido, o al menos minusvalorado, en la discusión que ha surgido como consecuencia del tiroteo en Isla Vista.

Con demasiada frecuencia, el análisis y la discusión sobre el sexismo y la cultura de la violación se centran en las dinámicas interpersonales y los guiones culturales. No es que no sean importantes o no valga la pena examinarlos, pero hablar de ellos sin hacer referencia a las realidades sociales y las fuerzas institucionales que le dan forma, estrecha el ámbito de nuestro análisis, cuando lo que se necesita es ampliarlo.

Esto fue más evidente en lo que la escritora Rebecca Solnit llamó "la batalla del relato". Ella se refería al intento de inyectar los temas de la misoginia y la violencia contra la mujer en el centro de la respuesta a la matanza de Isla Vista y convertirlos en la lente principal a través de la cual comprender las acciones de Elliot Rodger.

Ante respuestas torcidas, como la de portada del New York Post "Killer crush", estos son elementos decisivos que deben ser enfatizados. Pero también se han contrapuesto, por algunos escritores, a otros aspectos de la tragedia que también hay que entender, en particular, la alienación, el aislamiento social y la enfermedad mental. Como resultado de ello, la explicación de Isla Vista puede convertirse en una representación unidimensional y, de cierta manera simplemente falsa, de Rodger como un hombre rico, blanco, privilegiado con ciertos derechos sexuales, cuando la realidad es mucho más complicada.

Es imposible leer sobre los intentos frenéticos de los padres de Rodger para localizar a su hijo, incluso cuando los asesinatos se estaban llevando a cabo, sin reconocer la insuficiencia de un sistema de atención a la salud mental que es inaccesible, aun en los momentos más extremos y peligrosos para la vida, ymucho menos en las circunstancias diarias que afectan a un número mucho mayor de personas en esta sociedad.

Es imposible pensar en la desesperación de los padres, sin reconocer la crueldad de un sistema que espera que cada aislada familia haga frente a situaciones complicadas.

Es imposible leer acerca del intento de Rodger de blanquear su cabello y sobre su odio hacia otras personas de color, sin dejar de pensar en la manera en que a las normas de atracción y deseo en nuestra sociedad son imbuidas en un lenguaje racial, y la facilidad con que este es internalizado.

Es imposible considerar cómo el deseo de Rodger de "amar y ser amado" mutó en un odio violento hacia las mujeres, sin pensar sobre cómo las construcciones sociales de la sexualidad y la masculinidad pervierten y distorsionan lo que debería ser la más íntima de las relaciones humanas.

Y es aterrador aprender que las explicaciones más fácilmente disponibles a Elliot Rodger procedían de grupos misóginos que dieron una estructura ideológica y coherencia a su rabia.

Reconocer la complejidad y multiplicidad de factores que llevaron a la tragedia de Isla Vista no debilita nuestra atención sobre la violencia contra la mujer. Por el contrario, refuerza ese enfoque. Y lo hace situando la misoginia de Rodger --y el sexismo omnipresente y la violencia que sufren todas las mujeres-- en el contexto de una sociedad que ha desmantelado la seguridad social, que produjo una profunda dislocación y alienación sociales, y perpetuos altos niveles de violencia organizada y sancionada por el Estado.

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LA VIOLENCIA sexual y por motivos de género, al igual que las otras formas de opresión de la mujer, están incrustadas en un conjunto de relaciones sociales que afecta todos los aspectos de nuestra sociedad. Por lo tanto, la lucha contra la violencia sexual no se puede entender de forma independiente de estas mayores realidades sociales. Entender esto también puede empezar a señalar la base para la construcción de un nuevo movimiento.

Y un movimiento es lo que necesitamos desesperadamente. No es suficiente hablar contra los aspectos sexistas de nuestra cultura y hacer explícitas las suposiciones sexistas que subyacen a muchas de nuestras relaciones y experiencias individuales. Por mucho que yo comparta la validación de "no estás loca, es sexismo" y la fuerza del hashtag #yesallwomen, no creo que podamos, como un comentarista señaló, desmantelar la misoginia un tuit a la vez.

No es sólo porque esto tomará una lucha que va más allá de los medios sociales y los comentarios en internet, sino también porque esa lucha, si queremos transformar la cultura machista en que vivimos, tendrá que poner la mira en las arraigadas desigualdades e instituciones que dan forma a esa cultura.

En los últimos años, hemos dado un gran paso, a través de la Marcha de las Putas, las protestas en Steubenville y las luchas que exigen la acción de los administraciones universitarias, que han comenzado a hacer del tema de la violencia sexual una discusión nacional --y de paso, para exponer la rampante idea de "culpar a la víctima" que ayuda a excusar la violación.

A raíz de los asesinatos de Isla Vista, varios activistas se organizaron para protestar contra una conferencia sobre "derechos masculinos" en Detroit. En todo el país se están celebrando discusiones y vigilias improvisadas. Debemos seguir construyendo, ampliando y profundizando estos esfuerzos.

Pero si entendemos que la violencia de género nace de la condición fundamentalmente desigual de las mujeres en nuestra sociedad, debemos comenzar a revivir las demandas dirigidas a aumentar la autonomía física, social y económica de la mujer.

Esto significaría luchar por cuidado infantil de calidad para todos y la licencia de maternidad remunerada. Significaría medidas que hagan posible que una mujer pueda escapar una relación abusiva --no sólo edificar centros de crisis por violación y albergues de violencia doméstica, sino disponer de una red de seguridad social y de asistencia social para que las mujeres no tengan que elegir entre la dependencia y la pobreza.

Esto significaría enseñar a mujeres y hombres que la mujer, y sólo ella, puede tomar decisiones sobre su propio cuerpo y sexualidad. Significaría hacer de esto una realidad dando a la mujer derechos reproductivos plenos.

Estas demandas no deben ser contrapuestas a la lucha contra los aspectos más tóxicos de nuestra cultura machista. Pero tampoco pueden ser excluidas de esa lucha. Vamos a empezar a transformar nuestra cultura cuando transformemos las instituciones y las relaciones sociales que la conforman. Los hombres verán a las mujeres como seres humanos autónomos, completos cuando las ellas sean realmente capaces de participar en la vida social como tales.

Se nos dice una y otra vez de que vivimos en una sociedad post-sexista y que la liberación es una cuestión de opción individual. Es indignante, confuso y francamente debilitador vivir como una mujer en esta sociedad y que se nos diga que si te enojas por cómo te tratan es porque no tienes sentido del humor y que eres una feminista anticuada.

La matanza de Isla Vista, la violación en grupo en Steubenville y la crisis de violaciones en los campus universitarios han puesto de manifiesto esas fábulas en la más violenta y deshumanizante forma. Pero millones de mujeres están haciendo oír su voz y exponiendo esa terrible realidad.

Ahora es el momento de construir un movimiento, tanto contra el sexismo y la violencia virulenta de la que nuestra cultura está llena, como contra del sistema que los genera y sostiene.

Traducido por Rene Gonzalez Pizarro y Afsaneh Moradian