Unidos contra la patronal

May 27, 2015

Paul D'Amato explica por qué y cómo los socialistas apoyan y participan en la lucha syndical.

Nosotros apoyamos los sindicatos porque son esenciales a la lucha por los derechos económicos y políticos de los trabajadores. Para asegurar que los sindicatos luchen por nuestros intereses como trabajadores, los trabajadores debemos auto-organizarnos, independientemente de la burocracia sindical.
-- Fragmento de "Nuestra Posición" de la ISO

LOS SOCIALISTAS apoyamos a los sindicatos porque son la forma más elemental de organización de la clase obrera.

Ellos son el resultado del reconocimiento por un grupo de trabajadores en una determinada plaza laboral, compañía o industria, de que para combatir el esfuerzo concertado de los empleadores por maximizar las ganancias, cortando salarios o incrementando la intensidad del trabajo, deben unirse y combinar fuerzas para resistir.

La base para la combinación de la clase trabajadora, como hemos notado, la establece el carácter colectivo del sistema fabril, que aglutina a grandes números de obreros en un trabajo común. El hecho que los capitalistas fuerzan los salarios a la baja, y empeoran las condiciones laborales haciendo que los trabajadores compitan contra sí mismos nos da la necesidad de combinarnos.

La política de la Organización Socialista Internacional

Este punto fue bien puesto por John Gray, un socialista del siglo diecinueve:

La cantidad de riqueza que un hombre trabajador recibe siempre es la menor por lo cual su fuerza laboral puede ser comprada; y la razón por la que él no obtiene el doble de la cantidad que obtiene ahora es porque si él, como individuo, fuera a exigirlo y se rehusara a trabajar por una cantidad menor, sería botado del empleo y ya, reemplazado por otro individuo ofreciendo hacer el mismo trabajo por la nueva cantidad dada--o en otras palabras, por otro individuo compitiendo con él.

Marx y Engels estuvieron entre los primeros socialistas en apoyar a los sindicatos. Los socialistas utópicos que los precedieron veían las huelgas y las combinaciones con desdén, y a los trabajadores en ellas como beneficiarios pasivos de panaceas sociales, a lo más.

Marx escribió lo siguiente en una crítica al anarquista Pierre-Joseph Proudhon, que se oponía a las huelgas y a los sindicatos:

El primer intento de los trabajadores de asociarse entre sí mismos siempre toma lugar en la forma de combinaciones.

La industria a gran escala concentra en un lugar a un gentío, desconocidos el uno del otro. La competencia divide sus intereses. Pero el mantenimiento de sus salarios, este interés común que tienen en contra de su jefe, los une en un pensamiento común de resistencia--la combinación. Así, la combinación siempre tiene una meta doble: frenar la competencia entre los trabajadores, para que puedan llevar a cabo la competencia general contra el capitalista.

Si el primer fin de la resistencia fue meramente el mantener salarios, las combinaciones, al inicio aisladas, se constituyen en grupos así como los capitalistas por su lado se unen con el propósito de la represión. En cara del capital siempre unido, mantener la asociación se vuelve aún más importante que los salarios.

Para Marx, los sindicatos son importantes no simplemente porque ayudan a los trabajadores a mejorar sus condiciones de vida y trabajo, o a prevenir su empeoramiento. También lo son porque ayudan a avanzar la fuerza combatiente y la conciencia de clase de los trabajadores, permitiéndoles moverse de asuntos económicos locales a cuestiones amplias de intereses y luchas de clase.

Los sindicatos, es verdad, no pueden alterar el hecho de la explotación--meramente permiten a los trabajadores a empujar revoltosamente contra la tendencia constante del capital a incrementar la tasa de explotación. Los resultados de las luchas sindicales en términos económicos son muchas veces magros--y aunque a veces substanciosos, a menudo son perdidos o menguados cuando los empleadores reganan terreno.

Pero esto no es lo más importante; Marx escribe:

Las subidas y caídas alternativas de salarios, y el continuo conflicto entre jefes y obreros que de ellas resultan, son en la presente organización de la industria, el medio indispensable para sostener el espíritu de las clases obreras, para combinarlas en una gran asociación contra las arremetidas de la clase dominante, y para prevenir que los trabajadores se vuelvan apáticos, sin pensamiento, instrumentos de producción más o menos bien alimentados.

En un estado de sociedad fundado sobre el antagonismo de clases, si queremos prevenir la Esclavitud de hecho, así como de nombre, debemos aceptar la guerra. Para justamente apreciar el valor de las huelgas y las combinaciones, no debemos cegarnos por la insignificancia aparente de sus resultados económicos, sino aferrarnos, por sobre todas las cosas, a la visión de sus consecuencias morales y políticas.

Viviendo en Estados Unidos, con sus históricamente bajos niveles de huelgas y de tasas de sindicalización, hemos visto cómo, por las últimas tres décadas, su debilidad ha permitido a la patronal empujar salarios, beneficios y condiciones laborales a la baja, sin enfrentar un serio reto por parte movimiento sindical.

Nosotros, entonces, apoyamos el crecimiento de los sindicatos en Estados Unidos. Una nueva ola de lucha de clases en EE.UU. será a la vez precedida por, y dará subida a, una nueva ola de sindicalización que no sólo mejorará las condiciones para la clase, sino también desarrollará su conciencia como una clase luchando por un mundo mejor.


PERO SI los socialistas apoyamos a los sindicatos y deseamos que más trabajadores sean parte de ellos, no por ello pensamos que los sindicatos son suficientes para avanzar los intereses de la clase trabajadora, mucho menos para avanzar la lucha por el socialismo.

Para comenzar, los sindicatos dividen a los trabajadores de acuerdo a su oficio, e históricamente han fallado en representar los intereses de trabajadores jornaleros o sin una habilidad desarrollada. Los empleadores han sido a menudo exitosos en poner los intereses de trabajadores con oficio contra los de trabajadores jornaleros en la misma industria.

Los sindicatos industriales, que unen a trabajadores por industria en vez de por oficio, son mucho más efectivos en representar los intereses de su trabajadores, sin importar su habilidad o nivel de salarios, ni mencionar el género o la raza.

Pero los sindicatos industriales tienen límites que comparten con todo sindicato. Son instituciones más o menos permanentes construidas no para derrotar el capitalismo, sino para mejorar las condiciones de los trabajadores dentro de él. En ese sentido, les toca negociar los términos de explotación, no abolirlos.

"Los sindicatos", escribió Marx, "trabajan bien como centros de resistencia contra las arremetidas del capital. Fallan generalmente por limitarse a una guerra de guerrillas contra los efectos del sistema existente, en vez de simultáneamente tratar de cambiarlo".

Así que dentro de los sindicatos, hay tanto una tendencia a la lucha como una tendencia hacia el conservatismo para preservar la organización. Para sobrevivir y negociar con los empleadores, los sindicatos crean un aparato organizacional de burócratas a tiempo completo, separados de las bases, y que tienden a velar mucho más por la supervivencia de la institución (la fuente de sus ingresos) que por el éxito de la lucha.

Como Rosa Luxemburgo, revolucionaria polaca, escribió en La Huelga de masas:

La especialización de la actividad profesional como líderes sindicales, así como el horizonte naturalmente restringido que está, en un período pacífico, amarrado a luchas económicas desconectadas, lleva muy fácilmente, entre los oficiales sindicales, al burocratismo y a una cierta estrechez de perspectiva.

Ambos, sin embargo, se expresan en una serie de tendencias que puede muy bien ser fatal en el grado más alto para el futuro del movimiento sindical.

Está primero de todo una sobrevaluación de la organización, que de un medio se ha vuelto gradualmente un fin en sí misma, una cosa preciosa, a la que los intereses de las luchas deben estar subordinados. De esto viene también la necesidad abiertamente admitida de la paz, que encoge de grandes riesgos y peligros presumidos a la estabilidad de los sindicatos, y más allá, la sobrevaluación del método sindical de la lucha misma, a sus prospectos y éxitos.

Este burocratismo ha alcanzado su apogeo en Estados Unidos, donde los oficiales sindicales ganan salarios más cercanos a los de los empleadores con los que negocian que a los de los empleados que se supone representan.

Aquí, el "sindicalismo empresarial" ha alcanzado tales proporciones que los trabajadores no sienten que el sindicato representa sus intereses--o, tal vez más importante, que ellos no tienen ningún rol organizacional o voz en lo que el sindicato hace o no hace. El sindicalismo se ha vuelto tan burocratizado y separado de las necesidades de los trabajadores que George Meany, líder de la AFL (Federación Laboral Americana) durante los años cincuenta hasta 1979, y un fuerte proponente de la cooperación trabajo-capital, orgullosamente manifestó que nunca había piqueteado.

Traducido por Alejandro Coriat

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